sábado, 30 de mayo de 2015

“El catolicismo ha muerto y es su fantasma el que habita en la izquierda”


Su último ensayo, ¿Quién es Charlie? Sociología de una crisis religiosa, publicado en Francia a principios de mayo, ha dividido a la sociedad francesa en una viva polémica. Emmanuel Todd (Saint-Germain-en-Laye, Francia, 1951) identifica el movimiento oficial y burgués que marchó bajo el lema “Je suis Charlie” con la Francia oficial, dominada por lo que él bautizó hace tiempo como el “catolicismo zombi” del que François Hollande es el máximo exponente: socialista, hijo de familia católica descristianizada recientemente y de modelo troncal (tradición del heredero único) y, por tanto, no igualitaria y autoritaria. Francia y Europa, que glorificaron la moneda única, viven una crisis religiosa, asegura Todd, cuyas conclusiones desatan pasiones: el laicismo radical es la nueva amenaza a la libertad de creencia, y el sistema político galo de hoy se parece demasiado al Gobierno de Vichy, títere de Berlín. Desde que Todd predijo en 1976 la descomposición de la Unión Soviética, sus obras rara vez han dejado indiferente. ¿Quién es Charlie? ha desencadenado la tormenta.
PREGUNTA. Un conocido le dijo que después de publicar este libro se quedaría sin amigos. ¿Ha sido así?
RESPUESTA. No. Ha sido justamente lo contrario. Una parte de la prensa me insulta gratuitamente, pero otra me ha tratado muy bien. Honestamente, la lista de los que me han atacado es maravillosa porque la forman aquellos a los que nunca he tomado en serio. En cuanto a los correos electrónicos que he recibido, solo el 3% dicen estar en desacuerdo. El debate ha sido acalorado, es verdad, pero porque los franceses somos apasionados y excesivos, pero mi caso ha demostrado que nuestra cultura liberal está muy viva.
P. Es sorprendente que incluso el primer ministro, Manuel Valls, haya publicado un artículo para rebatirle; bien es verdad que usted no se ha ahorrado opiniones duras, como la de que el Partido Socialista es “objetivamente xenófobo”.
R. Yo no entiendo por qué Valls hace publicidad a mi libro porque quien lo lea, si es de izquierdas, no volverá a votar al socialismo en su vida. Mi análisis del PS es cruel, pero permite explicar muchas cosas, como, por ejemplo, por qué Francia mantiene una política económica tan dura. El PS tiene la huella del catolicismo zombi. El catolicismo ha muerto y es su fantasma el que habita en la izquierda. Eso es lo que molesta. Porque es verdad.
P. El desencuentro es enorme. Mientras Valls asegura que la caricatura, como la de Mahoma, ha jugado siempre un papel esencial en la construcción de la opinión pública, usted dice que es una incitación al odio religioso.
R. El corazón del proceso liberal-democrático es la alfabetización; no la caricatura. Es una idea loca creer que, por su propia naturaleza, la caricatura está bien ideológicamente. Las caricaturas antisemitas en Alemania precedieron al nazismo. En la Francia posterior a 1968 fue muy importante el cómic, no la caricatura, y ahí se inscribía Charlie Hebdo. El nuevo Charlie no está en la tradición cultural francesa y es islamófobo, cosa que defiendo desde antes de los atentados. El derecho a caricaturizar y a blasfemar es sagrado, pero también debe existir el derecho a decir que no vale para nada. Me acusan de complicidad con el terrorismo por decir esto.
P. La defensa de Charlie como sinónimo de la libertad y de la República Francesa está, sin embargo, muy extendida.
R. Mire, estoy muy contento de poder hablar con la prensa italiana y española para poder desvelar a nuestros socios del Sur el misterio de la Francia de hoy [se ríe]: por qué Francia apoya a Alemania para que tenga a Europa bajo su bota. Porque Alemania nunca hubiera podido imponer su política de austeridad sin el acuerdo francés. Lo que dice mi libro es que hay dos Francias. Una es la Francia liberal e igualitaria (dos tercios del país). Está en el corazón de la cuenca de París, con estructura familiar liberal e igualitaria y que (ya sé que es sorprendente) se asemeja mucho a Andalucía y la nueva Castilla, donde está el corazón liberal y un poco anarquista de España. Tolerante y descristianizada. Y esa es la Francia de la Revolución y el laicismo. Pero hay otra Francia, la periférica (al oeste de los Pirineos, el sur y el este de la región central, el Ródano, Lorena, Alsacia…). Ahí la estructura familiar es troncal, al igual que todo el arco del norte de España entre Cataluña y Galicia. En esta otra Francia, católica hasta hace 50 años, antirrevolucionaria, monárquica, antisemita y vichista. Ahora domina esta última germanófila, autoritaria y amante del euro y la austeridad. Lo que yo pretendo es denunciar esa estafa.
P. Me parece que en el Sur estamos más inquietos a ese respecto con el Frente Nacional que no con la izquierda francesa.
R. El FN no es una amenaza para ustedes. Es horrible, sí. Pero la cuestión es que la inversión es completa. Nuestra situación es como si el FN dominara Andalucía o que el PSOE fuera fuerte en Castilla y León, base histórica del franquismo.
P. ¿Es la laicidad la nueva religión de Europa?
R. Creo que tanta reivindicación de la laicidad demuestra que atravesamos una crisis metafísica, religiosa. La reacción a los atentados de enero fue inmensa, lo que sobrerrepresentó el fenómeno terrorista. Pero el problema no es el islam, sino la crisis terminal del catolicismo. Francia vive en la ilusión de que es racional y moderna, que progresa en libertad y valores positivos (emancipación de la mujer, matrimonio homosexual…), pero detrás de toda esa satisfacción hay una angustia subterránea porque por primera vez la humanidad vive sin ninguna creencia metafísica.
P. ¿Acaso la religión es una necesidad intrínseca del ser humano?
R. La gente no puede vivir sin una creencia colectiva. El individuo es otra cosa. El neoliberalismo es para mí una concepción religiosa sobre el mercado absoluto. El fracaso económico, el fracaso del mercado y del euro ha producido una crisis metafísica. Hemos elegido el islam como objetivo de todos nuestros males. Eso nos permite comprender esa movilización increíble, de fe colectiva…
P. En su libro critica duramente el “laicismo radical”.
R. El laicismo radical no es laicidad. Cuando yo era niño, en la escuela laica había capellanes católicos y los viernes se comía pescado aunque nadie supiera por qué. Era una escuela relajada respecto al hecho religioso. Porque la laicidad no es una creencia negativa. Es más bien indiferencia. La situación es hoy muy distinta y acusamos constantemente a los militantes del islam.
P. ¿Cuál es el corazón de Europa?
R. Es Alemania. No hace falta ser antropólogo para saberlo. Alemania en su estructura fundamental familiar es troncal y un tercio es católico, así que un tercio es católica zombi [recientemente descristianizado]. Esa parte es la que instintivamente defiende la austeridad, la autoridad y la disciplina. Yo diría que el catolicismo zombi es el fundamento ideológico de la eurozona.
P. Su idea de Europa es bien distinta al ideal eu­ropeo tradicional.
R. En toda sociedad occidental hay un Charlie durmiente que puede despertar en cualquier momento. La eurozona está paralizada. Vive una mezcla de crisis económica y religiosa porque el euro es el nuevo dios. En el vacío de creencias hay que inscribir también los movimientos secesionistas de Escocia y Cataluña. Es el intento de reconstruir la identidad en esa nación periférica. Hubo un sueño europeo, pero en 2015 tenemos ya la certeza absoluta de que el euro es un fracaso monstruoso, aunque sigue siendo, todavía, una religión. Continuamos haciendo sacrificios. Es una crisis religiosa en la crisis religiosa, y es en ese contexto en el que todas las clases medias francesas, cuatro millones, se movilizan [las manifestaciones en Francia reunieron a cuatro millones de personas el 11 de enero contra los atentados]. Es la angustia. Y lo peligroso es que esa gente hipermovilizada no está preparada todavía para abandonar el euro. Hay una gran obstinación en mantener esa religión monetaria y hay una gran islamofobia en esas clases medias movilizadas.
P. Tanto el islam como el judaísmo son religiones minoritarias con escaso poder en nuestras sociedades. ¿Dónde está la razón profunda de la islamofobia y el antisemitismo?
R. La posguerra europea, como la transición española, nos hicieron perder la noción de la historia. Estamos viviendo la continuidad. Mire, a mí me trastornó especialmente la matanza en el supermercado judío, el Hyper Cacher. Resistí la tentación tras las matanzas antisemitas anteriores. Esta es la primera vez que escribo un libro en tanto que judío. Porque es verdad que hay antisemitismo en los barrios y, sobre todo, en los medios islamistas, pero soy historiador y sé que el único continente que ha masacrado a los judíos es Europa. Jamás ha habido algo parecido en el mundo árabe. En mi libro trato de demostrar esa interacción perversa entre la islamofobia y el antisemitismo. Más islamofobia traerá más antisemitismo. Es una trampa de la neo-República, en la que los débiles luchan unos contra otros. El catolicismo zombi en el poder desciende de los antisemitas.
P. Sobre ello debo decir que ha sido llamativo observar cómo el ataque a Charlie ha dejado siempre en segundo plano ese crimen antisemita del Hyper Cacher.
R. Levantar solo el estandarte de Charlie es lo que yo llamo el pecado original de Charlie.

Fuente

jueves, 28 de mayo de 2015

“Capital simbólico y clases sociales”: Pierre Bourdieu

Bourdieu, Pierre. Es uno de los principales sociólogos y antropólogos contemporáneos, autor entre otros muchos de libros como El oficio del sociólogo (en colaboración con J.C Chamboredon y J:C Passeron), La distinción, El sentido práctico, La reproducción. Elementos para una teoría de la enseñanza, etc. Director de la revista Actes de la recherche en sciences sociales y de numerosos trabajos colectivos de investigación, como el publicado bajo el título La misère du monde, así como de incisivas denuncias contra las manipulaciones mediáticas, se destaca también por su militante solidaridad con las luchas de los trabajadores y, más recientemente, ante la guerra en los Balkanes, por una clara postura de condena tanto a la agresión de la NATO como la “limpieza étnica” lanzada contra los kosovares por el régimen de Milosevic.

Introducción
 
En esta breve pero densa pieza, escrita para un número especial del journal L’Arc dedicado al historiador medieval Georges Duby (cuya gigantesca obra Bourdieu admiraba y se basaba por su escrupulosa genealogía de la estructura mental y social de la tríada feudal de caballero, cura y campesino[1]), Bourdieu resume y clarifica la tesis central de La distinción en el momento en que estaba completando su libro. Este artículo es valorable por (1) exponer directamente la concepción de Bourdieu de la “doble objetividad” del mundo social y resaltar la constitución recursiva de estructuras sociales y mentales; (2) acentuar la capacidad performativa de las formas simbólicas y sus múltiples niveles de implicación en luchas sociales sobre y a través de las divisiones sociales; (3) sugerir paralelismos seductores y diferencias obstinadas entre el “estructuralismo genético” de Bourdieu y tanto la visión literaria de Marcel Proust como la microsociología marginalista de Erving Goffman –dos de sus favoritos “pares antagonistas”. En resumen,  este artículo ilumina cómo Bourdieu mezcló el materialismo sensual de Marx, las enseñanzas sobre clasificación de Durkheim (extendidas por Cassirer), y las ideas de Weber sobre jerarquías de honor en un modelo sociológico de clase totalmente propio.
 
Loïc Wacquant
Noviembre de 2012
 
Ser noble es desaprovechar; es una obligación de aparecer; es estar sentenciado, bajo pena de degradación, al lujo y al gasto. Incluso hasta diría que esta tendencia a la prodigalidad se afirmó a sí misma a comienzos del siglo XIII como una reacción al ascenso social de los nuevos ricos. Para distinguirte de los canallas, debes desclasarlos mostrando que eres más generoso que ellos. El testimonio de la literatura es conclusivo en este punto: ¿qué opone al caballero del advenedizo? El último es tacaño, mientras que el primero es noble porque gasta todo lo que tiene, alegremente, y porque se está ahogando en deuda.
Georges Duby, Hommes et structures du Moyen Âge, 1973.
Cualquier emprendimiento científico de clasificación debe tener en cuenta el hecho de que los agentes sociales aparecen objetivamente caracterizados por dos órdenes diferentes de propiedades: por un lado, por propiedades materiales que, empezando con el cuerpo, pueden ser numeradas y medidas como cualquier otro objeto del mundo físico; y, por el otro lado, por propiedades simbólicas que están fijadas a través de una relación con sujetos capaces de percibirlas y evaluarlas y que demandan ser aprovechadas de acuerdo con su lógica específica. Esto implica que la realidad social es apta para dos lecturas diferentes: por un lado, aquellos que se arman con un uso objetivista de estadísticas para establecer distribuciones (en el sentido estadístico y también económico), esto es, expresiones cuantificadas de la asignación de una cantidad definida de energía social, captadas a través de “indicadores objetivos” (es decir, propiedades materiales), entre un gran número de individuos competitivos; y, por otro lado, aquellos que se esfuerzan para descifrar significados y descubrir las operaciones cognitivas a través de las cuales los agentes las producen y descifran.

El primer enfoque intenta capturar una “realidad” objetiva casi inaccesible para la experiencia común y para traer a la luz “leyes”, esto es, relaciones significantes –significantes en el sentido de no-aleatorias– entre distribuciones. El segundo enfoque no toma como su objeto la “realidad” misma, sino las representaciones que los agentes forman de ella y de la completa “realidad” de un mundo social concebido, a la manera de los filósofos idealistas, como “deseo y representación”. El primero, que reconoce la existencia de una “realidad” social “independiente de la consciencia individual y el deseo”,  lógicamente basado en construcciones de la ciencia sobre un quiebre con representaciones mundanas del mundo social (las “pre-nociones” durkheimianas). El último, que reduce la realidad social a la representación que los agentes tienen de ella, lógicamente toma como su objeto el conocimiento primario del mundo social[2]: un mero account of accounts, como lo expresa Garfinkel, esta “ciencia” que toma como su objeto otra “ciencia”, la que los agentes sociales utilizan en su práctica, no puede más que documentar datos de un mundo social que, al final del análisis, sería nada más que el producto de la mente, esto es, estructuras lingüísticas.
En contraposición con los físicos sociales, la ciencia social no puede ser reducida a un registro de las (usualmente continuas) distribuciones de indicadores materiales de las diferentes especies de capital. Sin siquiera caer en un account of accounts, debe integrar en el  conocimiento (académico) del objeto el conocimiento (práctico) que los agentes (los objetos) tienen del objeto. Dicho de otra manera, debe brindar el conocimiento (académico) de la escasez y el conocimiento práctico que los agentes adquieren en la competencia por bienes escasos produciendo divisiones individuales o colectivas que no son menos objetivas que las distribuciones establecidas por las hojas de balance de los físicos sociales.

El problema de la clase social ofrece una oportunidad especialmente propicia para aprehender la oposición entre estas dos perspectivas. De hecho, el aparente antagonismo entre aquellos que buscan probar la existencia de clases y quienes desean negarla; de ese modo revelan concretamente que en las clasificaciones se juega una lucha, esconde una oposición más importante sobre la teoría del conocimiento del mundo social. Los primeros, que, para satisfacer sus propósitos, se aferran al punto de vista de la física social, buscan construir clases sociales sólo como construcciones heurísticas o categorías estadísticas arbitrariamente impuestas por el investigador que así introduce discontinuidad en una realidad continua. Los últimos, buscan fundamentar la existencia de clases sociales en la experiencia de los agentes: procuran establecer que los agentes reconocen la existencia de clases diferenciadas de acuerdo a su prestigio, que pueden asignar individuos a estas clases basadas en un criterio más o menos explícito, y que estos individuos se piensan a sí mismos como miembros de clases.

La oposición entre la teoría Marxista, en la forma estrictamente objetivista que asume frecuentemente, y la teoría Weberiana que distingue entre clases sociales y grupos de status [Stand], definidos como tales por aquellas propiedades simbólicas que conforman el estilo de vida, constituye a su vez otra forma, meramente ficticia, de esta alternativa entre objetivismo y subjetivismo: por definición, los estilos de vida realizan su función de distinción sólo para los sujetos inclinados a reconocerse como tales y la teoría Weberiana de los grupos de status es muy cercana a todas aquellas teorías subjetivistas de clases, tales como la de Warner, que incluye estilos de vida y representaciones subjetivas en la constitución de las divisiones sociales.[3] Pero el mérito de Max Weber reside en el hecho que, lejos de presentarlas como mutuamente excluyentes, como lo hacen la mayoría de sus comentaristas americanos y en particular sus epígonos, une estas dos concepciones opuestas, poniendo así la cuestión de la doble raíz de la división social, en la objetividad de las diferencias materiales y en la subjetividad de las representaciones. Sin embargo, le da a esta cuestión, y de esa manera la envuelve, una solución ingenuamente realista distinguiendo dos “tipos” de grupos que sólo son dos modos de existencia de cualquier grupo.

La teoría de las clases sociales debe, entonces, trascender la oposición entre teorías objetivistas que identifican clases (sea por sus propósitos de demostrar per absurdum que no existen) con grupos discretos, meras poblaciones que pueden ser numeradas y separadas por límites objetivamente inscriptos en la realidad, y teorías subjetivistas (o, si se prefiere, teorías marginalistas) que reducen el “orden social” a un tipo de clasificación colectiva obtenida por la agregación de clasificaciones individuales o, más precisamente, por las estrategias individuales, clasificadas y clasificantes, en las que los agentes se clasifican a ellos mismos y a otros.
El desafío propuesto por aquellos que utilizan el argumento de la continuidad de distribuciones para negar la existencia de las clases sociales es apuntado hacia aquellos que intentan tomarlo como una apuesta absurda y una estafa. En efecto, no deja opción más que confrontar indefinidamente los recuentos contradictorios de las clases sociales enumeradas en los trabajos de Marx o preguntar las estadísticas que resuelven esta inmensa parva de paradojas de nuevas formas de la paradoja de la “parva de granos” que trae a colocación[4], en la mismísima operación donde revela diferencias y nos permite rigurosamente medir su magnitud, borrando las barreras entre ricos y pobres, burguesía y pequeña burguesía, habitantes rurales y urbanos, jóvenes y viejos, residentes de los suburbios y del centro de la ciudad, y demás. Las trampas cierran despiadadamente sobre aquellos que, en el nombre del marxismo, proclaman hoy, con cara imperturbable, como resultado de la contabilización positivista, que la pequeña burguesía contabiliza “como máximo 4.311.000”. [5]

Los sociólogos de la continuidad, de los cuales la mayoría son “puramente teóricos” –en el mismísimo sentido común que ellos pronuncian no están basados en ninguna validación empírica– ganan en cada turno cambiando la carga de la prueba experimental a sus adversarios. Es suficiente entonces para refutarlos evocando a Pareto, cuya autoridad ellos comúnmente alegan:

uno no puede trazar una línea para separar de manera absoluta al rico del pobre, los propietarios de la tierra o el capital industrial de los trabajadores. Varios autores pretenden trazar desde este hecho la consecuencia que, en nuestra sociedad, uno no puede hablar significativamente de una clase capitalista, ni oponer la burguesía a los trabajadores (Pareto, 1972).

Esto equivale a decir, continúa Pareto, que no existen mayores porque no sabemos a qué edad, o en qué etapa de la vida, comienza la vejez.

Reduciendo el mundo social a la representación que algunos forman mediante  la representación que otros proveen o, más precisamente, a la agregación de representaciones (mentales) que cada agente se forma de las representaciones (teatrales) que otros le dan, se pasa por alto el hecho de que las clasificaciones subjetivas están basadas en la objetividad de una clasificación que no es reducible a la clasificación colectiva obtenida de resumir clasificaciones individuales: el “orden social” no está formado sobre la base de órdenes individuales, en el sentido de un voto o precio de mercado.[6]

La condición de clase que capturan las estadísticas sociales a través de diferentes indicadores materiales de la posición en la relación de producción o, más precisamente, de las capacidades para la apropiación material de instrumentos de producción material o cultural (capital económico) y de las capacidades para la apropiación simbólica de estos instrumentos (capital cultural), determina, directa o indirectamente, a través de la posición que reciben de clasificaciones colectivas, las representaciones que cada agente forma de su posición y sus estrategias de “presentación de sí mismo” (como dice Goffman), es decir, la escenificación de su posición que él mismo despliega. Esto puede ser mostrado incluso en el más desfavorable de los casos, tanto en el universo de la clase media americana, con sus múltiples y revueltas jerarquías descriptas por el interaccionismo simbólico, como en el imitado caso representado por el mundo del esnobismo y las ferias como describe Marcel Proust.[7]Estos universos sociales dedicados a estrategias de distinción y pretensión proveen una despareja aproximación al universo por las que el “orden social”, resultante de un tipo constante de creación, sería en cada momento el resultado provisional y continuamente revocable de una lucha de clase reducida a una lucha de clasificación, a una confrontación entre estrategias simbólicas intentando modificar posiciones manipulando las representaciones de posiciones, como aquellas que consisten, por ejemplo, en negar  distancias (pareciendo “simples”, haciéndose uno mismo “accesible”) para reconocerlas mejor o, por el contrario, para reconocerlas con ostentación para negarlas (como con una variante del juego de Schmiel descripto por Eric Berne). [8]

Este espacio Berkeliano, donde todas las diferencias podrían ser reducidas al pensamiento de diferencias, donde las únicas distancias serían aquellas que uno “toma” o “abraza”, es el sitio de las estrategias que siempre tiene como su principio la búsqueda de asimilación o desasimilación: pantomima, tratando de identificarse con grupos marcados como superiores porque se reputan como tal, o snob, peleando para distinguirse uno mismo de grupos identificados como inferiores (de acuerdo con la famosa definición, “un snob es una persona que desprecia a todo aquel que no lo desprecia”).  Forzar el camino de uno a través de puertas de grupos que están ubicados más alto, más “cerrados”, más “selectos”, para cerrar las propias puertas a más y más gente: ésta es la ley del mundo del “crédito”. El prestigio de una feria dependerá del rigor de sus exclusiones (uno no puede admitir dentro de su lugar a una persona de poca reputación sin perder la propia reputación) y de la “cualidad” de las personas invitadas, lo que es medido por la cualidad de las ferias que los invitan: los altibajos del mercado de acciones para los valores sociales, recordado por publicaciones socialistas, son medidas por estos dos criterios, esto es, por un universo de matices infinitesimales, que llaman a una mirada crítica. En un universo donde todo es clasificado, y por consiguiente clasificante –los lugares, por ejemplo, donde uno debiera ser visto como restaurantes de moda, competencia de salto a caballo, lecturas públicas, exhibiciones; los shows que uno debiera haber visto, Venecia, Florencia, Bayreuth, el ballet ruso; finalmente los lugares aislados como las ferias y clubes privados– un perfecto máster de clasificaciones (que los árbitros de la elegancia se apresuran a creer pasados de moda ni bien se convierten en lugares demasiado comunes) es indispensable obtener el mayor grito para las inversiones de la propia sociedad y, como mínimo, evitar ser identificado con grupos cuyos valores han caído. Somos clasificados por nuestros principios de clasificación: no son sólo Odette y Swann, quienes saben cómo nombrar el “nivel de chic” de una cena simplemente leyendo la lista de invitados, sino también  Charlus, Madame Verdurin, y el Primer Presidente en vacaciones en Balbec que tienen diferentes clasificaciones, que los clasifican al mismo momento que piensan que son clasificantes. Y esto ocurre infaliblemente porque nada varía más claramente con la posición de uno en las clasificaciones que la propia visión de las clasificaciones.

Sería peligroso, sin embargo, aceptar como es la visión del “mundo” que ofrece Proust, aquella del “pretendiente” que ve el “mundo” como un espacio a ser conquistado, en la manera de Madame Swann cuyas salidas siempre son expediciones riesgosas, comparadas en algún punto con la guerra colonial. Para el valor de individuos y grupos no es una función directa del trabajo de la alta sociedad de los snobs en el grado sugerido por Proust cuando escribe: “Nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los otros”.[9] El capital simbólico de aquellos que dominan la alta sociedad, Charlus, Bergotte o el Duque de Guermantes, no depende solamente de desdenes y denegaciones, de expresiones de “frescura” o ansias, de marcas de reconocimiento y testimoniales de descrédito, de muestras de respeto o desprecio, en resumen, del juego completo de juzgamiento recíproco. Es cuando la forma sublimada tomada por tan planas realidades objetivas como aquellas registradas por los físicos sociales, castillos o tierra, títulos de propiedad, de nobleza o de aprendizaje superior, que éstas son transfiguradas por la percepción encantada, mistificada y cómplice que define el esnobismo propiamente (o, en un nivel diferente, la pretensión de la pequeña burguesía). Las operaciones de clasificación se refieren no sólo a las claves de juicios colectivos, sino también a las posiciones en distribuciones que dicho juicio colectivo ya narra. Las clasificaciones tienden a abrazar las distribuciones, por lo tanto tienden a reproducirlas. El valor social, como crédito o descrédito, reputación o prestigio, respetabilidad u honorabilidad, no es el producto de las representaciones que los agentes realizan o forman, y el ser social no es meramente un ser-percibido.

Los grupos sociales, y en especial las clases sociales, existen dos veces, por así decirlo, y lo hacen previo a la intervención de la mirada científica misma: existen en la objetividad del primer orden, aquella que es registrada por la distribución de propiedades materiales; y existen en la objetividad de segundo orden, aquella de las clasificaciones contrastadas y las representaciones producidas por agentes sobre la base de un conocimiento práctico de estas distribuciones como las expresadas en los estilos de vida. Estos dos modos de existencia no son independientes, aun cuando las representaciones disfrutan de una autonomía definida con respecto a las distribuciones: la representación que los agentes forman de su posición en el espacio social (así como la representación de la misma que ellos construyen –en el sentido jerárquico, como en Goffman) es el producto de un sistema de esquemas de percepción y apreciación (habitus) que es él mismo el producto encarnado de una condición definida por una posición definida en distribuciones de propiedades materiales (objetividad I) y de capital simbólico (objetividad II), y que toma en cuenta no sólo las representaciones (que obedecen las mismas leyes) que otros tienen de esta posición y cuya agregación define al capital simbólico (comúnmente designado como prestigio, autoridad, etc.), sino también la posición en distribuciones simbólicamente retraducidas como estilo de vida.

Mientras se rehúsa a garantizar que las diferencias existen sólo porque los agentes creen o hacen creer a otros que existen, nosotros debemos admitir que las diferencias objetivas, inscriptas en propiedades materiales y en los beneficios diferenciales que proveen, son convertidas en distinciones reconocidas en y a través de representaciones que los agentes forman y realizan de ellas. Cualquier diferencia que sea reconocida, aceptada como legítima, funciona por el mismísimo hecho como un capital simbólico proveyendo una prueba de distinción. El capital simbólico, conjuntamente con las formas de prueba y poder que asegura, existe sólo en la relación entre propiedades distintas y distintivas, como el cuerpo adecuado, lenguaje, vestimenta, muebles interiores (cada uno de los cuales recibe su valor de su posición en el sistema de propiedades correspondientes, siendo este sistema referido objetivamente al sistema de posiciones en distribuciones), y los individuos o grupos dotados con esquemas de percepción y apreciación que los predispone a reconocer (en el doble sentido del término) estas propiedades, esto es, a constituirse en estilos expresivos, transformadas e irreconocibles formas de posiciones en relaciones de fuerza.

No hay una sola práctica de propiedad (en el sentido de objeto apropiado) característica de una manera particular de vida a la que no se le pueda dar un valor distintivo como una función de un principio de pertenencia socialmente determinado y por lo tanto expresa una posición social. La prueba es que el mismo aspecto “físico” o “moral”, por ejemplo, un cuerpo flaco o gordo, una piel oscura o clara, el consumo o rechazo de alcohol, pueden ser dados valores (posicionales) opuestos en la misma sociedad en diferentes épocas o en diferentes sociedades.[10] Para que una práctica o propiedad funcione como un signo de distinción, es suficiente que sea puesta en relación con una u otra práctica o propiedad entre aquellas que pueden ser prácticamente sustituidas por ella en un universo social dado, y por tanto que pueda ser ubicada nuevamente en el universo simbólico de prácticas y propiedades que, funcionando de acuerdo a la lógica específica de sistemas simbólicos, aquel de la brecha o distancia diferencial, retraduce diferencias económicas en marcas distintivas, signos de distinción, o estigma social. El símbolo de distinción, arbitrario como el signo lingüístico, recibe las determinaciones que lo hacen aparecer como necesario en la conciencia de agentes sólo desde su inserción en las relaciones de oposición constitutivas del sistema de marcas distintivas que es característica de una formación social dada. Esto explica que, siendo esencialmente racional (la mismísima palabra de distinción lo expresa bien), símbolos de distinción, que pueden variar ampliamente dependiendo de las capas sociales a las cuales son opuestos, no obstante son percibidas como los atributos innatos de una “distinción natural”. Lo que propiamente caracteriza los símbolos de distinción, sean tanto los estilos de hogares como su decoración, o la retórica de un discurso, los “acentos” lingüísticos o el corte y color de una prenda, modales de mesa o disposiciones éticas, reside en el hecho que, dada su función expresiva son, como fueron, doblemente determinadas: están determinadas, primero, por su posición en el sistema de signos distintivos y, segundo, por la relación bi-unívoca de correspondencia que obtiene entre aquel sistema y el sistema de posiciones en la distribución de bienes. Por lo tanto, cada vez que sean tomadas como socialmente pertinentes y legitimadas como una función de un sistema de clasificación, las propiedades acabarán siendo sólo bienes materiales expuestos a entrar en intercambios y a beneficios de rendimiento material para convertirse en expresiones, signos de reconocimiento que signifiquen y adquieran valor a través del conjunto completo de brechas o distancias [écarts] en relación a otras propiedades –o no-propiedades. Las propiedades encarnadas o cosificadas entonces funcionan como una especie de lenguaje primordial, a través del cual somos hablados más de lo que lo hablamos, a pesar de todas las estrategias de presentación de uno mismo.[11] Cualquier distribución desigual de bienes y servicios tiende por lo tanto a ser percibido como un sistema simbólico, esto es, como un sistema de marcas distintivas: distribuciones, tales como las de automóviles, lugares de residencia, deportes, juegos de mesa, etcétera, son, para la percepción común, demasiados sistemas simbólicos dentro de los cuales cada práctica (o no-práctica) recibe un valor. La suma de estas distribuciones socialmente pertinentes boceta el sistema de estilos de vida, el sistema de distancias diferenciales engendradas por el gusto y apropiadas por el gusto como signos de buen o mal gusto y, por lo mismo, como títulos de nobleza capaces de traer un beneficio o distinción tanto mayores cuando su escasez relativa es más alta o como una marca de infamia.

La teoría objetivista de clases sociales reduce la verdad de las clasificaciones sociales a la verdad objetiva de estas clasificaciones, olvidando inscribir en la definición completa del mundo social la primera verdad contra la cual fue construida (la cual vuelve a exigir una práctica política orientada por esta verdad objetiva, so pretexto de aquellos obstáculos que debe superar continuamente para poder imponer una visión del mundo social conforme a esa teoría). La objetivación científica está completa sólo cuando está también aplicada a la experiencia que la obstaculiza. Y la teoría adecuada es aquella que integra la verdad parcial capturada por el conocimiento objetivista y la verdad específica a la experiencia primaria como el (más o menos permanente y total) error de reconocimiento de esa verdad, esto es, el conocimiento desencantado del mundo social y el conocimiento de reconocimiento como la cognición encantada o mistificada de la cual es el objeto en la experiencia primaria.

El error de reconocimiento de los fundamentos reales de las diferencias de los principios de su perpetuación es lo que hace al hecho que el mundo social no es percibido como el sitio de conflicto o competencia entre grupos dotados con intereses antagónicos sino como un “orden social”. Cada reconocimiento es no reconocimiento: cada tipo de autoridad, y no sólo aquella que se impone a sí misma a través de comandos, sino aquella que es considerada sin tener que ser considerada, aquella que es considerada natural y que está sedimentada en el lenguaje, un comportamiento, modos, un estilo de vida, o incluso en cosas (cetros y coronas, heroínas y trajes en otras épocas, autos lujosos y oficinas espléndidas hoy en día), descansa en una forma de creencia primitiva, más profunda y más imborrable que lo que comúnmente transmitimos por esa palabra. Un mundo social es un universo de presuposiciones: los juegos y las bases que propone, las jerarquías y las preferencias que impone, en resumen el ensamble de condiciones de adhesión tácitas, es tomado por seguro por aquellos que pertenecen a él y que está cargado de valor en los ojos de aquellos que quieren ser de él, todo esto descansa en el fondo del acuerdo entre las estructuras del mundo social y las categorías de percepción que constituyen la “doxa” o, a decir de Husserl, la proto doxa, una percepción del mundo social natural y dada por sentada.[12] El objetivismo, que reduce las relaciones sociales a sus verdades objetivas sobre las relaciones de fuerza, olvida que esta verdad puede ser representada por un efecto de mala fe colectiva y de la percepción encantada que las transfigura en relaciones de dominación, autoridad y prestigio legítimas.

Cualquier capital, cualquiera sea la forma que asuma, ejerce una violencia simbólica tan pronto como es reconocido, esto es, mal reconocimiento en su verdad como capital, y se impone como una autoridad pidiendo por reconocimiento. El capital simbólico no sería nada más que otra manera de designar lo que Max Weber llama carisma si él, que sin dudas ha entendido mejor que nadie que la sociología de la religión es un capítulo de la sociología de poder (y no uno menor), atrapado en/maniatado por la lógica de tipologías realistas, no ha hecho del carisma una forma particular de poder en lugar de verlo en una dimensión de ningún poder, esto es, otro nombre para la legitimidad como el producto de reconocimiento o no reconocimiento, o de la creencia (éstas son tan cuasi-sinónimos) “en virtud de qué personas que ejercen autoridad están dotadas de prestigio”. La creencia es definida por el mal reconocimiento del crédito que otorga su objeto y que agrega a los poderes que este objeto tiene sobre él, nobleza, buena voluntad, reputación, notoriedad, prestigio, honor, renombre, o hasta un don, talento, inteligencia, cultura, distinción, gusto –tantas proyecciones de creencia colectiva que la creencia cree que descubre en la naturaleza de sus objetos. El esnobismo o las pretensiones son las disposiciones de creyentes que están siempre obsesionados por el miedo de una grieta, de un desliz de error de juicio y de cometer un pecado contra el buen gusto e inevitablemente dominados por los poderes trascendentes a los que renuncian por el mero hecho de reconocerlos, arte, cultura, literatura, alta moda u otros fetiches de la alta sociedad,[13] y por los recipientes de estos poderes, aquellos árbitros arbitrarios de la elegancia –diseñadores de moda, pintores, escritores o críticos– meros productos de la creencia social que ejerce un poder real sobre los creyentes, sea el poder para consagrar objetos materiales transfiriendo sobre ellos lo sagrado colectivo o el poder para transformar las representaciones de aquellos que delegan su poder a ellos. La creencia es una adhesión que ignora que trae a la luz aquello a lo que adhiere; no sabe, o no quiere saber, que todo lo que hace por el encanto intrínseco de su objeto, su carisma, no es más que el producto de incontables operaciones de crédito y descrédito, todos igualmente inconscientes de su verdad, que son realizadas en el mercado de bienes simbólicos y materializadas en símbolos oficialmente reconocidos y garantizados, signos de distinción, formas de consagración, y certifica el carisma como títulos de nobleza o credenciales de escuela, marcas “cosificadas” de respeto recurriendo a formas de respeto, con brillo y ceremonia, cuyo efecto es expresar no sólo la posición social de uno sino también el reconocimiento colectivo que se le ha otorgado por el mero hecho de permitirle hacer una pantalla pública de su importancia. En contraposición con la pretensión, derivar de una discrepancia entre la importancia que el sujeto se otorga a él mismo y aquella que el grupo le otorga, entre lo que el “se permite a sí mismo” y lo que se le es permitido, entre las pretensiones y ambiciones legítimas, la autoridad legítima asegura y se impone por el sólo hecho de no tener nada más que hacer que existir para imponerse.[14]

Como una operación de alquimia social, la transformación de cualquier especie de capital en capital simbólico, como las posesiones legitimas fundadas sobre la naturaleza de su poseedor, siempre presupone una forma de trabajo, un visible gasto (que no necesita ser visible) de tiempo, dinero y energía, una redistribución que es necesaria para asegurar el reconocimiento de la distribución, en la forma de reconocimiento otorgado por el que recibe al que, estando mejor situado en la distribución, está en una posición para dar, un reconocimiento de no endeudamiento que es también un reconocimiento de valor.[15] El estilo de vida es la principal y, tal vez hoy, la más fundamental de estas manifestaciones simbólicas, vestimenta, muebles o cualquier otra propiedad que, funcionando de acuerdo a la lógica de pertenencia y exclusión, crea diferencias en capital (entendido como la capacidad de apropiarse de bienes escasos y sus beneficios correspondientes) visibles bajo una forma tal que escapan a la brutalidad injustificada del hecho, datum brutum, mera insignificancia o pura violencia, para acceder a esta forma de mal reconocimiento y violencia denegada, que es por lo tanto afirmada y reconocida como legítima, es decir violencia simbólica.[16] De más decir que el “estilo de vida” y la “estilización de vida” transfiguran las relaciones de fuerza en relaciones de significado, en un sistema de signos que, siendo “definidos”, como dice Hjelmslev, “no positivamente por sus contenidos, sino negativamente por sus relaciones con los demás términos del sistema”[17], están predispuestos por una especie de armonía preexistente a expresar el propio ranking en las distribuciones: aunque ellos derivan su valor de su posición en un sistema de oposiciones y no son más que lo que otros no son, los estilos de vida –y los grupos que distinguen– parecen no tener otro fundamento más que la disposición natural de sus portadores, como esta distinción que se dice “natural”, aunque –las palabras lo dicen– existe sólo en y a través de sus relaciones de contraposición con otro, disposiciones más “comunes”, esto es, estadísticamente más frecuentes. Con la distinción natural, el privilegio contiene su propia justificación. La legitimación de la teatralización que siempre acompaña el ejercicio de poder se extiende a todas las prácticas, y especialmente a consumos que no necesitan ser inspirados por la búsqueda de distinción, como la apropiación material y simbólica de trabajos de arte, que parecen tener como único problema las disposiciones de una persona en su singularidad irremplazable. Como los símbolos religiosos para otros modos de dominación, los símbolos del capital cultural, cosificado y encarnado, contribuye a la legitimación de la dominación y el propio arte de vivir de quienes tienen el poder contribuye al poder que lo hace posible en la medida que sus condiciones reales de posibilidad permanezcan ignoradas y como es percibido, no sólo como la manifestación legítima de poder, sino como la justificación de legitimidad.[18] “Los grupos de status” basados en “estilos de vida” no son, como cree Weber, una especie de grupo diferente a las clases, sino clases denegadas, o si uno prefiere, sublimadas y por tanto clases legitimadas.

Bibliografía

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Husserl, Edmund, Ideas Pertaining to a Pure Phenomenology and to a Phenomenological Philosophy. First Book: General Introduction to a Pure Phenomenology. Martinus Nijhoff: La Haya, 1983 [1913].
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Trubetzkoy, Nicolai, Principles of Phonology. University of California Press: Berkeley, CA, 1969.
Warner, William Lloyd, Social Class in America: The Evaluation of Status. New York: Harper & Row, 1960.

Introducción, traducción y comentarios de Loïc Wacquant. [LW version del 10/04/2012, revisado 14/08/2012 – Introduction del 14/11/2012] © Pierre Bourdieu/Loïc Wacquant * A aparecer en Journal of Classical Sociology, primavera de 2013. Traducción de María Luján Veiga.
[1] Véase Georges Duby, The Three Orders: Feudal Society Imagined. University of Chicago: Chicago, 1982 [1978].
[2] Considerando aquí solamente esta forma de física social (representada, por ejemplo, por Durkheim) que coincide con la cibernética social para admitir que realmente sólo puede ser conocida por el desarrollo de instrumentos lógicos de clasificación, no intentamos negar la especial afinidad entre energías sociales y la inclinación positivista para construir clasificaciones tanto como particiones arbitrarias “operacionales” (como las categorías etarias o los estratos de ingresos) o como roturas “objetivas” (delimitadas por las discontinuidades en distribuciones o inflexiones de curvas) que uno únicamente debe registrar. Sólo deseamos acentuar que la alternativa fundamental se opone, no a la “perspectiva cognitiva” y conductista (o cualquier otra forma de análisis social mecanicista), sino a las relaciones hermenéuticas de significado y una mecánica de relaciones de fuerza.
[3]  W. Lloyd Warner, Social Class in America: The Evaluation of Status (New York: Harper & Row, 1960).
[4]  N de T: La paradoja de una pila es una de varias “Sorite puzzles” formulada por Eubulides de Miletus (350 AC), el estudiante de Sócrates y fundador de la Megarian school of logic. También es conocida como “argumento poco a poco”: ya que un grano de trigo no hace una pila, entonces dos granos tampoco, entonces tampoco lo hacen miles de granos. La premisa es cierta pero la conclusión es falsa dado que la indeterminación afecta los predicados.
[5]  N de T: Bourdieu alude aquí al libro de Christian Baudelot, Roger Establet y Jacques Malemort, La petite bourgeoisie en France (Maspéro: París, 1974), en el que los autores, usando una definición estrictamente objetivista de clase basada en la fuente de ingreso propia, desarrollan un esquema contable Bizantino permitiéndoles contabilizar a la pequeña burguesía.
[6]  Consideré una expresión particularmente típica de esta marginalidad social, adaptada para su uso de la metáfora: “Cada individuo es responsable por la imagen de comportamiento de sí mismo y diferentes imágenes de otros, para que un hombre sea expresado por completo, los individuos deben amarrar manos en una cadena de ceremonia, cada uno dando diferencialmente con comportamientos apropiados para con el que está a la derecha que será recibido diferencialmente del que está a la izquierda” (Goffman, 1958: 484).
[7] Erving Goffman, The Presentation of Everyday Life (Penguin: New York, 1990, orig. 1958) y Marcel Proust, Remembrance of Things Past (Wordsworth: Londres, 2006 [1913-1937]).
[8] Eric Berne, Games People Play (Ballantine Books: New York, 1964) es un análisis transaccional de la estructura de interacción social y las motivaciones detrás de ellas con la conducción de un psiquiatra.
[9] Marcel Proust, A la recherche du temps perdu, Gallimard: París, (La Pléiade: París, Vol. 1, pág. 19; traducido como Remembrance of Things Past, Vol. 1, Wordsworth: Londres, 2006), y Goffman (“The Nature of Deference and Demeanor,” art. cit.): “El individuo debe confiar en los demás para completar su propia imagen.”
[10] Joseph Gusfield muestra, en un libro verdaderamente hermoso (Symbolic Crusade: Status Politics and the American Temperance Movement, University of Illinois Press: Urbana and London, 1968), cómo la abstinencia, que era el símbolo por excelencia de la membresía en la burguesía de la América del siglo XIX, fue progresivamente repudiada, entre los mismos círculos sociales, a favor de un consumo moderado de alcohol que se ha vuelto un elemento de un nuevo, más “relajado”, estilo de vida.
[11] La lengua en sí misma siempre habla, además de lo que dice, de la posición social del hablante (hay incluso momentos donde no transmite nada más), debido a la posición que ocupa –lo que Troubetzkoy llama su “estilo expresivo”– en el sistema de estos estilos [N de T: véase Nicolai Trubetzkoy, Principles of Phonology, University of California Press: Berkeley, CA, 1969, un libro que Bourdieu ha traducido al francés para la serie “Le sens commun” que dirigió en Editions de Minuit].
[12]  Véase Edmund Husserl, Ideas Pertaining to a Pure Phenomenology and to a Phenomenological Philosophy. First Book: General Introduction to a Pure Phenomenology (Martinus Nijhoff, The Hague, 1983 [1913]), capítulo 4.
[13]  Pierre Bourdieu y Yvette Delsaut, “Le couturier et sa griffe: contribution à une théorie de la magie”. En: Actes de la recherche en sciences sociales 1, no. 1 (Fall, 1975), pp.. 7-36.
[14]  Cada agente debe, en cada momento, tener en cuenta el precio que recoge en el mercado de bienes simbólicos y que define a lo que puede acceder (es decir, entre otras cosas, lo que puede  aspirar y lo que puede apropiarse legítimamente en un universo donde todos los bienes son en sí mismo jerarquizados). El sentido del valor fiduciario (que en algunos universos, como el campo intelectual o artístico, puede ser la fuente de valor vendida) guía estrategias que, para ser reconocidas, deben estar vinculadas justo al nivel correcto, ni muy alto (pretensión) ni muy bajo (vulgaridad, falta de ambición), y en particular las estrategias de disimilación de y asimilación en otros grupos que pueden, dentro de ciertos límites, jugar con distancias reconocidas. (Mostré en otro lugar cómo el “envejecimiento” del artista es, por un lado, un efecto de incrementar en capital simbólico y de su correspondiente evolución de ambiciones legítimas). Pierre Bourdieu, “The Invention of the Artist’s Life”. En: Yale French Studies 73 ([1975] 1987), pp.. 75-103.
[15] En sociedades precapitalistas, este trabajo de transmutación se impone con especial rigor debido al hecho que la acumulación de capital simbólico es frecuentemente la única forma de acumulación, de hecho y por ley. Generalmente, cuanto más alta la censura de las manifestaciones directas del poder del capital (económico o incluso cultural), más capital debe ser acumulado en la forma de capital simbólico.
[16] Cuanto más débil el grado de familiaridad mutual, las operaciones más comunes de clasificación deben confiar en simbolismos para inferir posición social: en villas o ciudades pequeñas, el juicio social puede basarse en un conocimiento comprensivo de las más determinantes características económicas y sociales. En contraste, en encuentros anónimos y ocasionales de la vida urbana, el estilo y el gusto sin dudas contribuyen en una moda mucho más decisiva para guiar el juzgamiento social y las estrategias desarrolladas en interacciones. En este contraste, ver Pierre Bourdieu, The Ball of Bachelors: The Crisis of Peasant Society in Béarn. University of Chicago Press: Chicago, [2002] 2008].
[17] La cita es en realidad de Ferdinand de Saussure, Cours de linguistique générale (Paillot: París, 1968), pág. 162 (trans. Course In General Linguistics, Mc-Graw Hill: New York, 1965). Esta proposición fue luego más desarrollada por Hjelmslev and the Linguistic Circle of Copenhagen, ver Louis Hjelmslev, Prolegomena to a Theory of Language (University of Wisconsin Press: Madison, [1943] 1961).
[18] Esto implica que el análisis del campo de poder como el sistema de posiciones de poder no puede ser separado del análisis de las propiedades (en los dos sentidos) de los agentes que ocupan esas posiciones y de la contribución que estas propiedades traen a la perpetuación del poder a través de efectos simbólicos que ejercen.
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miércoles, 20 de mayo de 2015

El miedo como eficaz antídoto contra la libertad en el ejercicio de los derechos

multa
De nada sirve la proclama legal de cualesquiera derechos, si el miedo coarta la libertad de los ciudadanos -que los ostentan- para ejercitarlos.
Con ese miedo tales derechos son “papel mojado”. Con ese miedo todo es un simple decorado irreal.

Y no en pocas ocasiones, las propias leyes que reconocen y consagran derechos subjetivos, paradójicamente también establecen el antídoto del temor contra su ejercicio.

Sutil y mezquina maniobra para vaciar de contenido –en la praxis-  a múltiples y diversos derechos.
Así, el ejercicio de un derecho no debe estar sujeto a peaje/penalización alguna que interfiera en la libertad plena de su disfrute. Libertad que, de existir algún tipo de penalización, quedaría mermada en mayor o menor medida. 

Ni que decir tiene que así como los derechos deben disfrutarse sin pago de ningún precio, también las obligaciones legales deben cumplirse adecuadamente.

El Derecho procesal penal -en el que me centraré como corresponde a un penalista- es garantista por excelencia, dada la dureza y graves consecuencias derivadas de esa jurisdicción. 

Por tal razón se halla impregnado de una serie de principios rectores tales como el principio acusatorio, el de presunción de inocencia, el de libre valoración de la prueba, etc.
En el seno del primero de esos principios rectores citados se halla ubicado –a su vez y entre otros- el de la doble instancia.

En definitiva, se trata de que cuando en un procedimiento penal recaiga determinada decisión que no satisfaga las legítimas expectativas de una parte, ésta pueda recurrir ante un órgano superior -en busca de una “segunda oportunidad”- argumentando aquello que considere conveniente en defensa de sus intereses y en base a determinadas reglas. 

Ese derecho a la doble instancia que todo “insatisfecho” por la resolución dictada se planteará ejercitar en busca de otra que le resulte más favorable, comportaría, asimismo, el  riesgo de que  la segunda resolución fuese aún más gravosa. 

En este punto, incluso alguien plena y honestamente convencido de  que la resolución primera no es ajustada a derecho y lesiva para él, podría renunciar a esa segunda instancia ante el temor de salir todavía peor parado.

Podría pensar aquello de “virgencita que me quede como estoy”, y renunciar a que se repare una real injusticia. El miedo habría impedido el proceso con resultado ajustado a la verdad. Y eso es terriblemente grave.

Obviamente, no debe olvidarse que  existen casos en  los cuales el recurrente en segunda instancia,  consciente de que la resolución inicial es la ajustada a derecho, prueba “por si cuela” una segunda mejor. 

Pero lo realmente grave es que un inocente sea condenado o que un culpable sea condenado en exceso, y ello debe intentar evitarse al máximo pues resulta más grave –incluso- que la absolución o condena menor de un culpable. Todo lo anterior conforma otro principio, ahora del derecho penal, cual es el del “In dubio pro reo” (en caso de duda, a favor del reo).

Pues bien, como paradigma de un baluarte contra el miedo, el derecho procesal penal (y también otros derechos sancionadores como el administrativo), establece aquí -y vinculado a esa doble instancia- una garantía en el sentido de que las cosas no pueden irte a peor cuando la ejercitas. Se trata de la prohibición de la “reformatio in peius” (reformar a peor). 

A efectos de ejemplo, pensemos en un estudiante que no está conforme con su nota de examen, y planteándose que realmente existe un error de calificación, no solicitase la revisión del mismo por miedo a que, tras la misma –y por motivos correctos que a él se le escapaban-, aún se le bajase la nota obtenida. Si ciertamente el tal estudiante tenía razón y por ese miedo no ha  ejercido el derecho de revisión, el resultado es la muy lamentable perpetuación de la injusticia.

Por ello, la “no reformatio in peius” –se aplique o no en el ámbito académico- desea remover todos los obstáculos que, generados por el temor, dificulten el ejercicio de ese derecho al recurso, para que éste fluya serenamente en busca de lo correcto y justo.

Podría afirmarse que, en estricta justicia, lo adecuado es que aquella decisión que se revisa en segunda instancia, fuese ratificada de entenderla correcta o, de no ser así, corregida al alza o a la baja en función de que la incorrección detectada lo fuese por un inadecuado minus o por un inadecuado plus, respectivamente.

Sin embargo se sacrifica esa idea de estricta justicia a los efectos de potenciar la libertad en el ejercicio del derecho al recurso –barriendo cualquier temor al respecto-. Considerando esta ausencia de temor el bien mayor a preservar y aceptando -en este caso- como un mal menor aquella no tan estricta justicia. Hasta ahí el alcance de la figura en su preocupación por preservar la libertad de su enemigo: el temor.

En definitiva, y como se ha dicho, el antídoto contra el libre ejercicio de los derechos es el miedo. Pues bien, la prohibición de la “reformatio in peius” es, a su vez, un ejemplo de antídoto legal (en  sede del derecho al recurso) contra el antídoto miedo.

Sin embargo y a pesar de lo citado, en ordenamientos jurídicos con mayor afectación cotidiana a la ciudadanía, no siempre se prevén esos neutralizadores de tales miedos y de sus nefastas consecuencias en el libre ejercicio de los derechos. 

Y ello cuando no se fomentan directamente los precitados temores, penalizando incluso –a modo disuasorio- el ejercicio del derecho. Como botón de muestra paso a comentar una misiva aparecida en el apartado  de “Cartas del Lector” del diario “La Vanguardia” de fecha 30/4/15.

En ella un lector relata haber sido objeto de una denuncia por agente municipal en relación a un tema del servicio Bicing, y de que en la citada denuncia (como es sabido) se le informa sobre una bonificación del 50% si hace efectivo el importe de la sanción en el plazo de veinte días naturales y también sobre la posibilidad de formular alegaciones.

Continúa relatando ese lector que se informa respecto a que las alegaciones no interrumpen el plazo para el logro de la bonificación y que tras preguntar cuál es el plazo que tiene la administración para resolver las alegaciones (y ver si alegando de inmediato recibirá respuesta antes de los 20 días naturales, a los efectos de poder acogerse aún al pago bonificado, de resultar denegada la alegación), recibe como respuesta que no se sabe con exactitud, pero  seguro que es superior a los 20 días. 

El tal lector se plantea -con razón- que presentar alegaciones (ejercer un derecho) le puede representar la pérdida de una bonificación del 50%. En definitiva se le penaliza el ejercicio de un derecho.

En definitiva, se disuade de alguna manera al denunciado, a formular alegaciones, con el miedo por la posible pérdida de una bonificación.  Ya tenemos la jugada. Ya tenemos lo que no puede ni debe ser, pero que es. Y sólo es un ejemplo…

Consecuentemente, deben eliminarse esas formas tramposas de frenar el libre ejercicio de los derechos, salvo que  se desee vivir en una simple caricatura de Estado Democrático de Derecho. Y que conste que tal caricatura es la que conviene al sector dominante de la sociedad. Pero no a los demás que somos la mayoría !!

Jordi Cabezas Salmerón


El desarrollo como fracaso


“Podemos imaginar al ‘desarrollo’ como una ráfaga de viento que arranca a los pueblos de sus pies, lejos de sus espacios familiares, para situarlos sobre una elevada plataforma artificial, con una nueva estructura de vida. Para sobrevivir en este expuesto y arriesgado lugar, la gente se ve obligada a alcanzar nuevos niveles mínimos de consumo, por ejemplo, en educación formal, sanidad hospitalaria, transporte rodado, alquiler de vivienda”
Iván Illich
El desarrollo como mito
El mito del desarrollo es la idea- promesa que orientó después de la II Guerra Mundial a los pueblos colonizados para erradicar la pobreza y liberarse del yugo de los Estados colonizadores; para ello deberían seguir los pasos de las sociedades occidentales e incluirse en la sociedad termo-industrial mediante la construcción de Estados Democráticos e insertarse en los modos de producción del capitalismo liberal.
El desarrollo no es otra cosa que la colonización del mundo por Occidente, cuyos cuatro pilares serían:
  • la economización de las relaciones sociales y de la relación con la naturaleza,
  • el culto del progreso tecno-científico,
  • el universalismo de “humanismo de la mercancía” 
  • y la uniformización cultural planetaria.
El desarrollo ha sido, es y será, antes que nada, un desarraigo. En todas partes ha provocado un aumento de la dependencia y la subordinación en detrimento de la autonomía de las sociedades.

La historia del desarrollo

Tal y como señala Naredo el término desarrollo se aplicó inicialmente en el campo de la biología. Darwin lo utilizó en 1759 para denominar el proceso de evolución que experimentan animales y plantas desde su nacimiento hasta que alcanzan su madurez.

A finales del siglo XVIII el uso del término se comenzó a transferir al campo sociocultural, equiparándolo a la idea de progreso. La palabra progreso daba carta de legitimidad moral a ciertas tendencias de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades evolucionaban de una forma lineal de unos estadios de mayor atraso –caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia nuevas etapas más avanzadas y racionales –civilización industrial o economía de mercado– y que en esta evolución, tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se encontraban en el punto más evolucionado.

Al concebir la historia de los pueblos como un camino que transitaba del salvajismo y la barbarie hasta la civilización, los europeos, guiados por la convicción etnocéntrica de constituir la civilización por excelencia, expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico. Sometieron mediante el dominio cultural y la violencia (posible gracias a la tecnología militar) a los pueblos colonizados, a los que se consideraba salvajes por su estado cercano a la naturaleza.

Fue un presidente de Estados Unidos, Truman, quien empleó por primera vez la palabra desarrollo para referirse a la situación que ocupaban los países en relación al crecimiento económico. Después de la 2ª Guerra Mundial, en 1949, Truman anunciaba un programa internacional de desarrollo que iba a contribuir a la mejora y crecimiento económico de las áreas subdesarrolladas.
Por primera vez se calificaba como desarrollados a los países que habían abrazado la fe en el crecimiento económico y, por el contrario, subdesarrollados al resto de los Estados. De pronto miles de millones de personas se convertían en subdesarrolladas (con la carga peyorativa que el término supone) y dejaban de ser pueblos diversos, con otras lógicas económicas, para convertirse en el contrario de los otros que se autodenominaban desarrollados.

El discurso del desarrollo

La crisis mundial me permite poner en relieve otro tema que me parece importante y que tiene larga data en el discurso moderno: el discurso del desarrollo. Pienso que la globalización y la crisis son la manifestación de algo más profundo y que hace referencia a la episteme misma del sistema. Es la noción de que el hombre está separado de la naturaleza y que debe utilizar a la naturaleza y a los demás seres humanos como instrumentos para lograr fines egoístas. Esta utilización a la naturaleza, sin ningún tipo de consideración ética, y que se revela absolutamente pragmática, es propia del ser moderno. Esta dimensión de egoísmo y de individualidad, también es propia del ser moderno. En el siglo XIX nació la utopía de ese ser moderno bajo la forma de progreso.

La ignorancia de los límites físicos del planeta permite que una buena parte de las teorías del desarrollo propongan políticas que lo promueven. Se aconsejan o imponen a los países empobrecidos medidas para que sigan la senda de los países ya desarrollados, llegando a denominarles en ciertos casos, cuando algunos de sus indicadores económicos crecen, países en vías de desarrollo.
Siguiendo al colapso de las potencias coloniales europeas, los Estados Unidos encontraron una oportunidad para dar dimensión mundial a la misión que sus padres fundadores les habían legado: ‘ser el fanal sobre la colina’. Lanzaron la idea del desarrollo con un llamado a todas las naciones a seguir sus pasos. Desde entonces, las relaciones entre Norte y Sur han sido acunadas con este molde: el ‘desarrollo’ provee el marco fundamental de referencia para esa mezcla de generosidad, soborno y opresión que ha caracterizado las políticas hacia el Sur. Por casi medio siglo, la buena vecindad en el planeta ha sido concebida a la luz del ‘desarrollo’.

Sin embargo, la ruina esta ahí y aun domina la escena como un hito. Aunque las dudas van creciendo y la incomodidad se siente por todos lados, el discurso del desarrollo aun impregna no sólo las declaraciones oficiales sino hasta el lenguaje de los movimientos de base. Ha llegado el momento de desmantelar esta estructura mental.

El fracaso del ‘desarrollo’

El fracaso de las ‘teorías del desarrollo’ para erradicar la pobreza en el mundo debería abrir los ojos al hecho de que ese ‘desarrollo’ no ha intervenido mejorando de entrada las condiciones de vida de las sociedades ‘periféricas’ al capitalismo, sino provocando su crisis, sin garantizar alternativas solventes para la mayoría de la población implicada y originando, en ocasiones, situaciones de penuria y desarraigo mayores de las que pretendían corregir ab initio.

El significado positivo, profundamente arraigado tras dos centurias de construcción social, es un recordatorio para dos tercios de la población terrestre de ‘lo que no son’, recordatorio de una condición indeseable e indigna: para escapar de ella, necesitan que las experiencias y sueños de otros los esclavicen. El desarrollo es una forma de colonialismo en donde opera la escisión de la esfera económica del ámbito de la sociedad y de la cultura

Está claro que el desarrollo económico sólo puede llevarse a cabo apoyándose necesariamente en la pobreza. No sólo el imaginario económico inventa literalmente escasez, sino que también la pobreza vivida constituye una condición de crecimiento. La presión de la necesidad sirve de motor para poner a trabajar a los seres humanos, mientras que crear la indispensable demanda de masas pasa por la exacerbación de nuevas necesidades.

Los sistemas tradicionales de protección contra la pobreza, en particular, los designados como ‘solidaridad comunitaria’, son directa o indirectamente considerados obstáculos, frenos, resistencias al desarrollo, y denunciados como tales por los expertos. Esta redistribución que permite a menudo a los pobres del Sur no hundirse en la miseria, es la bestia negra de los desarrollistas. Por otro lado, la misma teoría económica hace del crecimiento una condición para la eliminación de la pobreza.
Así pues, no hay crecimiento sin necesidades, no hay remedio a la pobreza sin hundir a la población en la miseria, incluso en la doble miseria: por una parte, la miseria psicológica por la frustración debida a la creación de nuevas necesidades, y por otra, una miseria concreta, casi fisiológica.

Después del desarrollo: decrecimiento

La economía mundial – en distintas partes del orbe –, ha generado los llamados ‘náufragos del desarrollo’, los que, aparentemente, tendrían que estar condenados a extinguirse. Sin embargo, estos no desaparecen sino que se multiplican de manera ‘inquietante’. A ellos no les queda más remedio que organizarse según otra lógica, inventando otro sistema, otro tipo de sociedad.
El proyecto de modernidad exportado desde occidente al resto del mundo – que fomenta la crematística y el individualismo -, no es de aplicación universal. Los modelos alternativos son una invitación a reflexionar sobre la posmodernidad.

Una posmodernidad basada en la ‘economía del afecto’, no cuantificable, basada en la calidad de los intercambios personales tomados con tiempo para conversar e intercambiar, donde un acto económico se mide por el refuerzo de los lazos que produce en el seno del grupo. Es el grupo lo que importa, la familia en general, los vecinos, el clan. Todos se afanan en dar seguridad al grupo, y las personas que más tienen comparten con los otros de su grupo por encima de su beneficio individual: la vida en grupo constituye unas obligaciones permanentes que se deben asumir.

Encuentros, visitas, charlas, prestar, deber, dar, recibir, ayudar, fiesta, baile, hospitalidad, el extranjero visto como un aporte y no como una carga, armonía con la naturaleza, la palabra, creatividad, nuevas relaciones con el tiempo, alegría, espontaneidad, vivir el instante…

Mujeres y hombres haciéndose cargo de su destino.

El posdesarrollo tiene que ser necesariamente plural. Se trata de buscar formas de apertura colectiva en las que no se privilegie un bienestar material destructor del medio ambiente y de la relación social. El objetivo de la buena vida se declina de múltiples maneras según los contextos. En otros términos, se trata de reconstruir o recuperar  nuevas culturas. Este objetivo se puede llamar el umran (la expansión) como hace Ibn Jaldún, swadeshi-sarvodaya (mejora de las condiciones sociales de todos) como dice Gandhi, o bamtaare (estar bien juntos) como dicen los Toucouleurs …

Se hace necesario superar el mito del desarrollo que ha servido de justificación para imponer un sistema que no ha llevado a una mejora del bienestar en todo el mundo sino que ha profundizado las desigualdades. Se trataría de ‘descolonizar el imaginario económico’ para construir una sociedad alternativa.

El sumak kawsay plantea que para salir de la visión productivista hay que entrar en un proceso de decrecimiento de la producción de cosas para entrar en un proceso de crecimiento humano medido no en términos de cosas, sino en términos humanos. En ese contexto las nacionalidades y pueblos indígenas necesitamos reivindicar nuestra autodeterminación, para profundizar y extender las prácticas del buen vivir hacia la sociedad.

La interculturalidad debe ser la base desde la cual empezar ese diálogo de saberes con miras a, y es literal, salvar a la humanidad del capitalismo y de la modernidad. Puede ser que suene utópico, pero la utopía es uno de los valores más bellos de la modernidad. Es necesario rescatar esos valores y empezar ese trabajo de todos en el cual vayamos, como decía la líder indígena ecuatoriana Dolores Cacuango, sembrando de paja de páramo al mundo, porque la paja de páramo por más que le arranque vuelve a crecer. 


¿Quieres jugar a ser sociólogo?



Durkheim, Weber y ParsonsPor una parte, la existencia de un agotamiento profundo del actual modelo de gobierno vigente en Navarra desde hace 25 años. El deseo por parte de la ciudadanía de que el 24M alumbre algo nuevo es abrumador. Tal es así, que la actual presidenta, que lleva solo una legislatura, no repite, anticipándose a ese deseo ciudadano. Por otra parte, el electorado está muy reactivado; se percibe una alta participación electoral que se acercará al 75% del censo. Prácticamente, votará todo el mundo. Un porcentaje que sólo en una ocasión electoral al Parlamento de Navarra se ha producido; en 2007. Sin lugar a dudas, ello vigorizará las instituciones navarras; por mucha proclama que se haga contra el sistema político.



Éste es el reclamo que un periodista amigo mío ha realizado a la hora de animar a la participación en una porra sobre el resultado de las elecciones. No me cansaré de repetir que si los sociólogos tuviéramos una bola de cristal seríamos adivinos. Pero no lo somos; la sociología observa; diagnostica; percibe tendencias sociales. Sobre ello, planifica y evalúa políticas públicas. Pero no adivina. Por lo tanto, en el terreno de las encuestas de intención de voto no se trata de adivinar el número de escaños como si fuera una porra, se trata de describir las principales tendencias políticas. Las tendencias identifican la dirección de las principales corrientes de pensamiento y comportamiento político.Quedan aproximadamente diez días para que conozcamos los resultados del Parlamento de Navarra. Unas elecciones deseadas, casi ansiadas, que alumbrarán un nuevo ciclo político donde se cristalizarán las tendencias, las corrientes, que se perciben en las encuestas. Y éstas son las siguientes.

A estos dos factores se les une la eclosión de dos nuevas fuerzas políticas y de otra ya germinada. Ciudadanos, Podemos y Geroa son tres nuevas formaciones que entrarán en el Parlamento. Dos de ellas, fruto del mapa político español. Tanto Podemos como Ciudadanos obedecen a la insatisfacción ciudadana de la actual oferta de partidos. Esta agregación de tres nuevos partidos hará que contemplemos un Parlamento de Navarra muy plural, con ocho opciones para cincuenta escaños. Que posteriormente deberán agruparse, de un modo u otro, a la hora de constituir un Gobierno que tenga mayoría parlamentaria.

El autogobierno de Navarra y su no cuestionamiento territorial es otro de grandes consensos de los navarros. Por ello, las formaciones nacionalistas vascas rebajan sus reivindicaciones. Las no foralistas, matizan sus pretensiones. El régimen foral de Navarra no es cuestionado internamente; aún cuando los peligros externos se evidencian.

Así pues, deseo de comenzar una nueva etapa; alta participación ciudadana; pluralidad política y deseo de seguir como comunidad propia son las principales tendencias políticas que describen todas las encuestas. Dentro de pocos días esas tendencias se fijarán a través del diferente voto que darán a las opciones políticas. A partir de ahí, diálogo político, búsqueda del acuerdo, cesión por cada parte en sus pretensiones iniciales.
La calidad de la democracia estriba en que aquello que se haga y que se acuerde, sea explicado, se transparente y se comprenda. Es decir, se legitime
Algunos ciudadanos se quedarán frustrados en sus expectativas. Pero la democracia es eso, frustración personal en aras a la satisfacción colectiva. La calidad de la democracia estriba en que aquello que se haga y que se acuerde, sea explicado, se transparente y se comprenda. Es decir, se legitime.

Finalmente, a mi amigo periodista, el de la porra, le recomendaré que lea a Bauman en su libro ¿Para qué sirve un sociólogo? Un buen libro sobre el oficio del sociólogo. Un oficio, en estos tiempos mercantiles, de no mucho prestigio social, pero muy necesario para intervenir en las políticas públicas.

Artículo de eldiario.es

martes, 19 de mayo de 2015

Del consenso liberal al caos neoliberal artistas que buscan su lugar en los campus de Estados Unidos

El pintor y artista gráfico de izquierda Ben Shahn impartió una conferencia en 1957 en la Universidad de Harvard, en la que reflexionó —a grandes pinceladas y en tono alto— sobre las posibilidades y dificultades con que se enfrentan los artistas que ocupan puestos en la enseñanza. Éstas eran sus inquietudes: ¿cómo afectan a los artistas los malentendidos de la comunidad académica? El medio universitario, ¿facilita o entorpece su libertad?, ¿acaso las universidades legitiman el diletantismo artístico? Tras las inquietudes de Shahn asoma la cuestión de cómo el artista individual —en aquel entonces encumbrado en su arquetípico estatuto moderno— negociaría la bienvenida con que supuestamente era recibido en esta impersonal institución[1].

No obstante, la manera en que los artistas se relacionarían y formarían parte de la única institución social que se dedicaba entonces a la enseñanza y al aprendizaje avanzados, no era sino una de las muchas cuestiones filosóficas a las que se enfrentaban las universidades estadounidenses durante el acelerado crecimiento económico posterior a la Segunda Guerra Mundial. Las grandes universidades públicas constitutían un sector importante del crecimiento económico de la postguerra, pues empleaban a miles de nuevos becarios e investigadores, las matriculaciones eran masivas y ponían la educación superior al alcance de la primera generación de decenas de miles de estudiantes universitarios. No se trataba aún de una expansión totalmente programada, ya que las universidades crecían a toda velocidad para responder más bien a una doble exigencia, no del todo coherente: por un lado, el ideal de poder acoger la afluencia de una población en aumento; por otro lado, toda una serie de necesidades industriales que también aumentaban en forma y complejidad. Y esto sucedía en un raro periodo de equilibrio sistémico y de conflicto global bajo control, cuando la paz fría dominaba en el Occidente de la distensión nuclear y el conseso liberal, permitiendo a Estados Unidos completar su programa de desarrollo interno mediante una enorme inversión pública. Es éste el contexto histórico en el que las artes fueron incorporadas al mundo moderno de la educación superior y la producción de conocimiento en Estados Unidos, resultando, en ese sentido, legitimadas como disciplina.

Hoy día, después de 1968, 1989 y —dicho de manera abreviada— demasiadas crisis recientes, estos tonos altos se han perdido para siempre. Un programa se alza por encima de cualquier otro: el modelo de desarrollo que llamaríamos neoliberal. La lógica que está en su base es la privatización de los recursos, el retiro del sostén público y la instrumentalización de los objetivos institucionales. Todo ello da como resultado una estratificación. Por un parte, las universidades, que ya no son instituciones abiertas desde el punto de vista político, sino que se publicitan como una experiencia al alcance de quienes puedan pagar para ser admitidos, están ya totalmente entrelazadas con la estructura de la mercadotecnia consumista. Por otra parte, como cuerpos productivos, han sido integradas —de manera más o menos explícita— en la confección del conocimiento y de los trabajadores del conocimiento orientada hacia el mercado. Si sumamos a esto las relaciones íntimas y continuas con la investigación militar, más la intromisión de los objetivos empresariales en el diseño de los programas de investigación, el resultado es una relación estrecha —aunque ocasionalmente pueda resultar incómoda— entre los intereses capitalistas y las universidades.

Poco importa que las universidades públicas se vuelvan neoliberales por instinto de supervivencia o que las protestas en los campus durante las décadas de 1960-1970 lograsen resultados reales en el sentido de hacer compartir los recursos universitarios con grupos tradicionalmente marginados. A lo largo de las décadas de 1980-1990, los conservadores tuvieron a la universidad bien agarrada para reforzar la vieja relación entre el gobierno de la universidad y los sectores adinerados, bien relacionados y con poder político. ¿Cómo olvidar el movimiento contra el apartheid que tuvo lugar en los campus de Estados Unidos en la década de 1980, cuando los estudiantes activistas se vieron forzados en algunos lugares a ejercer la desobediencia civil, por culpa de la intransigencia conservadora de los consejos de administración de universidades públicas y privadas? Frente a un asunto sobre el que la historia ha emitido su sentencia definitiva a favor de los activistas, las administraciones universitarias de todo el país, con pocas excepciones, respondieron a las demandas de justicia y derechos humanos de una manera conservadora y a veces fascista.

La diferencia es que ahora la base se ha convertido en superestructura. Las inversiones de capital hacen que las instancias educativas se vuelvan escuelas de élite. Las grandes universidades de investigación públicas van a la caza de los inversores y generan actividad económica con el fin de justificar el apoyo que reciben del Estado, mientras aumentan los costes a los estudiantes para compensar los recortes de financiamiento que aplican administraciones públicas hostiles, de las cuales depende la gestión de fondos menguantes[2]. Aún más dramático resulta el hecho de que crece el número de estudiantes que, en todos los ámbitos del campo educativo —de las escuelas de élite al primer ciclo universitario o los estudios de comercio—, finalizan sus carreras y —lo hayan hecho o no con éxito— entran en una forma moderna de servidumbre a causa de los préstamos que adquirieron para afrontar los precios astronómicos de las matrículas y las tasas. Lo más probable es que estas tendencias empeoren en los próximos años, puesto que los recortes draconianos en la financiación pública de la educación, desde la escuela primaria hasta la universidad, no han hecho más que empezar en Estados Unidos.

Estas evoluciones explican la lisa y llana instrumentalización a la que se ve sometida la educación superior, hasta el punto de hacer que las inquietudes de Shahn acerca de los artistas enseñantes sean inseparables del problema más básico: el de su ubicación en la economía salarial del capitalismo global. Las condiciones singulares de la fuerza de trabajo en la enseñanza, dividida como está en un sistema de dos niveles —personas contratadas y no contratadas—, se complica más aún por la condición peculiar de los artistas, quienes pueden también contar con otros recursos, oportunidades y reconocimientos a través del mercado del arte y de otros campos no académicos; campos, no obstante, también sujetos a lógicas mercantiles. Cuando las realidades socioeconómicas de las universidades bajo coacción neoliberal se combinan con la idiosincrasia de los artistas, la cual se deriva de las lógicas internas del arte y de la historia del arte —con el añadido de las corrientes del humanismo de izquierda, de dos generaciones de teoría europea, y de la invasión de las periferias por parte de los centros—, la contradicción actual se vuelve más clara.

Como artistas que trabajamos en el mundo de la educación superior, estamos implicados en y sometidos a la red de relaciones que gobierna las universidades y facultades. Al mismo tiempo, los imperativos de nuestro campo nos enseñan (en nombre de la creatividad) a clarificar, cuestionar y remodelar críticamente nuestras propias posiciones de sujeto, incluso nuestras condiciones de trabajadores educadores. Para los artistas, cómo y por qué la gente aprende, cómo y por qué la gente enseña, cómo y por qué la gente lleva a cabo investigaciones son preguntas que están ligadas a las condiciones de una esfera pública que entra en crisis al estar administrada bajo los auspicios del neoliberalismo.

Cuál es el punto de vista que adoptan los artistas con respecto a la desestabilización de la autoridad institucional y la erosión de las universidades como lugar donde se produce el conocimiento, se puede apreciar en la proliferación de plataformas educativas e investigadoras que o bien se identifican como arte, o bien son concebidas y organizadas por artistas. No obstante, aunque se multiplican los experimentos — tanto de carácter temporal como de larga duración— con las formas institucionales, los dilemas y contradicciones permanecen. Por ejemplo, en el área de la educación artística posterior al bachillerato, uno de los asuntos más relevantes es la evolución curricular y de los programas de educación artística en relación con, por un parte, la pedagogía politizada, y, por otra parte, el voraz mercado del arte que confía en que las escuelas de arte produzcan novedades y una juventud que puedan ser comercializadas de inmediato. En breve, se puede decir que la veta crítica sigue viva en la educación artística, pero también lo están las exigencias de un mercado del arte que requiere artistas que practiquen la conversión de sí en una marca, incluso durante su periodo de formación. Han surgido en estos últimos años varios programas —que en algunos casos entran en competencia— para perforar lo que antes era el plácido rincón académico de las escuelas de arte y los departamentos de arte universitarios. Los programas de estudios que concedían un título MFA [Master of Fine Arts] bombean ahora estudiantes y profesores hacia un desreglamentado menú internacional de estudios para obtener el título de PhD [Philosophy Doctor: Doctorado en Investigación] y otras opciones de estudios independientes con un perfil alto; ambos forman parte de la corriente que conduce a que el estatuto de artista sea cada vez más profesionalizado. Al mismo tiempo, un número cada vez mayor de artistas actúan al hilo de su descontento con la formación académica convencional, organizando y participando en exposiciones temáticas sobre la educación que incluyen elementos prácticos, así como en proyectos antiinstitucionales de base que combinan la educación y la investigación[3]. Pero, aunque los emprendimientos de base se sostienen por lo general en análisis críticos de las tendencias académicas, en el campo expansivo del arte y la producción de conocimiento no está del todo claro cuándo y cómo la oposición acaba y su recuperación comienza. Lo que sí es seguro es que la crisis de las universidades está obligando a los artistas, en todas sus funciones —profesores, curadores, escritores, activistas y empresarios—, a asumir nuevos modos de estructurar sus dominios en relación con el viejo modelo universitario.

Hay mucho que decir sobre todas estas urgencias, pero en un texto breve debo limitarme a finalizar con lo siguiente: la cuestión de los estudiantes. Aunque Shahn percibía una relación tensa entre los artistas y la academia desde el principio, no se refirió en absoluto al papel de los estudiantes. Esto resulta sorprendente de alguna manera, teniendo en cuenta que se mantuvo firme hasta el final en su activismo social. Lo que Shah no pudo percibir es algo que desde entonces se espera: que los estudiantes pueden ser, serán y deberían ser una fuerza política. Hace medio siglo, Shahn cuestionó solamente que la academia se convirtiera en una institución que evita el arte que toca temas controvertidos, en una época que pedía a gritos la existencia del disenso. Los artistas de izquierda que desempeñan hoy tareas académicas deben preguntarse en voz alta y en un lenguaje claro lo siguiente: ¿cómo pueden los movimientos estudiantiles emergentes hacer uso de los circuitos, los espacios, los lenguajes, la legitimidad, la creatividad y el resto de las herramientas de las que ya disponen habitualmente los estudiantes de arte? Esta pregunta exige tomar en cuenta cuál es el perfil de quien estudia arte hoy día: femenino, blanco, queer y urbano. La(s) posición(es) de sujeto de los propios estudiantes nos informa(n) de qué modo habrán de ejercer su politización y qué probables papeles habrán de jugar en los movimientos.

Para las personas de izquierda existen efectivamente motivos de optimismo. Aunque prevalecen los programas neoliberales, también continúan las corrientes anticapitalistas en el seno de la universidad: los focos que perviven de oposición intelectual y de fuerza de trabajo politizada, la clase en expansión de trabajadores permanentemente precarios que producen las propias universidades, y, como ya he señalado, los estudiantes, quienes, en su peculiar condición de consumidores y precariado-en-ciernes, constituyen por sí mismos una subclase. Quienes conforman este potencial y a veces resisten en la práctica no son pocos ni es escaso su talento. El hecho de que haya un desplazamiento cada vez mayor de trabajadores académicos contratados hacia instancias no institucionales o antiinstitucionales, donde a veces se da una producción de conocimiento genuinamente creativa, es también un buen presagio, puesto que quienes tomen parte en las luchas que tenemos por delante necesitarán localizar y cruzar tantos puentes como puedan, con el fin de implicar a un público no universitario. A este respecto, en la medida en que hay segmentos de la educación artística avanzada que mutan hacia formas y formatos experimentales no tradicionales —publicaciones, diseminación de ideas a través de circuitos de intercambio global, formas de autolegitimación y de participación que reúnen a actores institucionales y activistas de base— que van por delante de otros campos, los estudiantes de arte podrían tener un papel que jugar.

Está por ver si las luchas individualizadas en los campus logran conectarse de algún modo sustantivo, funcional e imaginativo. Dada la frecuencia y la distribución internacional de la acción estudiantil en los meses finales de 2009, se puede dar la posibilidad de que surjan estos lazos significativos[4]. Las campañas coordinadas el 4 de marzo de 2010 para defender la educación pública en California fueron especialmente reseñables por la incorporación a ellas de muchos jóvenes estudiantes y profesores de escuelas secundarias, resistiendo así con éxito la tendencia a la división entre instituciones de enseñanza secundaria y postsecundaria. Ello nos recuerda que la integración vertical entre grupos de diferentes edades y niveles educativos en el mismo territorio es tan importante como las integraciones horizontales que atraviesen las fronternas internacionales. Los movimientos que tienen su base en los campus universitarios se encontrarán en mejor disposición para organizar la defensa contra los ataques al sector público en general si miran hacia las escuelas secundarias, pues existe el peligro de que los movimientos estudiantiles señalen sólo o principalmente los recortes del presupuesto universitario, la subida de las tasas, las perspectivas laborales tras la licenciatura y/o la financiación individual de la educación postsecundaria, quedando así reducidos a la condición de grupos que defienden sus propios intereses.

Cualquier logro en la expansión o en la competencia política del activismo en los campus, en pos de la muy deseada coordinación transnacional y multigeneracional, será un avance serio y necesario para la izquierda global. Lo que resulta especialmente importante en Estados Unidos, donde los campus han atraído tal inversión de capitales que se han convertido de nuevo en un campo de batalla, en tanto en cuanto la bifurcación sistémica se acentúa con cada curso que pasa.



[1] Ben Shahn, The Shape of Content, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1957, pp. 73-91.
[2] Incluso las universidades insignia en Estados Unidos reciben como promedio, de fondos públicos sin contrapartidas, menos del 25% de sus presupuestos. En el año 2008, por ejemplo, la Universidad de Wisconsin-Madison recibió del Estado de Wisconsin sólo un 20,2% de su presupuesto. Para la Universidad de Michigan fue el 24%, y para la de California-Berkeley, el 22%, de sus respectivos gobiernos del Estado. En casi todas partes en Estados Unidos, los legisladores estatales conservadores apuntan a la universidad a la hora de aplicar recortes presupuestarios anuales, obligándolas a justificar su existencia en términos económicos. El resto de sus presupuestos proviene principalmente de becas de investigación, donaciones e inversiones restrigidas, así como del aumento de los costes para los estudiantes. Fuentes: http://www.wisc.edu/about/facts/budget.php; http://www.vpcomm.umich.edu/budget/understanding.html; http://newscenter.berkeley.edu/news/budget/img/revenue0809.gif
[3] Los estudios PhD existen de una forma inmadura, sin estándares claros. Los programas de estudios independientes incluyen casos reconocidos como el Indepent Studies Program del Whitney y la residencia Skowhegan. La exposición Pedagogical Factory [Fábrica pedagógica] que tuvo lugar en AREA (Chicago) [http://www.stockyardinstitute.org/PedagogicalFactory.html] y las series de talleres en Hyde Park Center son un ejemplo de exposición como laboratorio de aprendizaje. Mildred’s Lane, una iniciativa del artista Mark Dion y del diseñador J. Morgan Puett, es un ejemplo de escuela dirigida por artistas y para artistas [http://www.mildredslane.com/]. La Flying University [Universidad Volante] de Red76 es un ejemplo de educación informal y esencialmente social, entendida como un proyecto artístico [http://www.red76.com/fu.html]. Otros ejemplos de escuelas de iniciativa propia y proyectos de investigación de base son la Experimental College of the Twin Cities [Facultad Experimental de las Ciudades Gemelas] o EXCO [http://www.excotc.org/], The Public School [La Escuela Pública] en Los Ángeles [http://all.thepublicschool.org/] y el seminario ambulante Continental Drift [Deriva Continental: http://brianholmes.wordpress.com/]. Para una excelente discusion sobre el grado MFA en relación con la proliferación de opciones educativas, véase: “The Currency of Practice: Reclaiming Autonomy For The MFA”, Art Journal, vol. 68 nº 1, primavera de 2009, pp. 41-75.
[4] Un listado parcial de las universidades que fueron objetivo de las acciones estudiantiles sería el siguiente: la Universidad de California, en sus campus de Los Ángeles y Santa Cruz; la Universidad de Illinois Champaign-Urbana; la Universidad y la Academia de Bellas Artes en Viena; la Universidad de Zagreb; la Universidad de Berna. Entre estas varias luchas estudiantiles ha habido gestos de solidaridad y cierta coordinación a nivel regional y nacional (por ejemplo en Italia). Pero, hasta donde conozco, no ha habido acciones coordinadas a nivel transnacional. También merece un análisis la ausencia aparentemente total de conexiones entre las luchas de estudiantes en Europa, Estados Unidos y las que continúan en Irán.

Por Dan S. Wang

Publicado originalmente en: http://eipcp.net