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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Durante el horror de una profunda noche. Reflexiones sobre las recientes elecciones en EEUU

 
 
Alain Badiou
 
Estaba pensando en un verso de la poesía francesa, que de hecho pertenece a Racine. Es una hermosa, hermosa frase. En francés: “C´était pendant l’horreur d’une profonde nuit”. En inglés: “It was during the horror of a profund night” (y en español: “Esto fue durante el horror de una profunda noche”.) Quizás Racine estaba pensando en la elección de Trump. Fue durante el horror de una profunda noche. Y entonces, es como una obligación para mí hablar, discutir, esta clase de acontecimiento, en un sentido negativo, porque es imposible para mí estar aquí frente a ustedes y hablar de algo muy interesante en términos académicos. Pienso que es una necesidad pensar, discutir, qué pasó durante el horror de la noche profunda, justamente ayer. Ustedes saben que para mí, pero creo que también para mucha gente, esto fue, en algún modo, una especie de sorpresa. Y a menudo estamos, con esta clase de sorpresas, bajo las leyes de ciertos afectos: miedo, depresión, rabia, pánico… Pero sabemos filosóficamente que todos estos afectos no son realmente buenas reacciones porque, en cierto sentido, es demasiado afecto frente al enemigo. Y en consecuencia, creo que es necesario pensar más allá de los afectos, del miedo, de la depresión y de todo eso, pensar en la situación de hoy, en la situación del mundo hoy, donde algo parece que es posible, como que alguien como Trump se convierta en presidente de los Estados Unidos. Y en consecuencia, esta tarde mi objetivo es presentar no exactamente una explicación, sino una clarificación de la posibilidad de algo como esto, y también algunas referencias, sometidas a la discusión, concernientes a lo que debemos hacer después de esto, qué debemos hacer, lo cual no es precisamente estar sometidos a los afectos, a los sentimientos negativos, sino en el nivel del pensamiento, de la acción, de la determinación política, etcétera.

Entonces, comenzaré con una visión muy general no sobre la situación actual de los Estados Unidos, sino de la situación del mundo hoy. ¿Qué es el mundo de hoy donde esta clase de cosas es posible? Y pienso que la cuestión más importante para comenzar es la victoria histórica del capitalismo globalizado. Debemos estar frente a este hecho. De algún modo, desde los años 80 del siglo pasado hasta hoy, desde hace 40 años, o sea alrededor de medio siglo, tenemos la victoria histórica del capitalismo globalizado por muchas razones. Primero, naturalmente, la caída completa de los Estados socialistas –Rusia, China- y en general la caída de la visión colectivista de la economía y de las leyes sociales de los pueblos. Y este tema no es un tema pequeño. Este punto es realmente un cambio no solo en la situación objetiva del mundo actual, sino quizás también en el nivel de la subjetividad. Durante más de dos siglos, en la opinión pública siempre existieron dos caminos concernientes al destino del ser humano. Podemos decir que aproximadamente desde antes de la década de 1980, tenemos siempre, desde un nivel muy general, desde un nivel general subjetivo, dos posibilidades referidas al destino histórico del ser humano. Primero, el camino del liberalismo en el sentido clásico. Aquí, liberal tiene muchos significados, pero yo tomo la palabra liberal en su sentido primitivo, esto significa fundamentalmente que la propiedad privada es la clave de la organización social, a costa de enormes desigualdades, pero el precio es el precio. En el final, para el liberalismo, la propiedad privada debería ser a su vez la clave para la organización social. Y del otro lado tenemos el camino socialista, el camino comunista –hay diferentes palabras- en su sentido abstracto, o sea el camino hacia el fin de las desigualdades aun cuando el precio sea la revolución violenta. Así, de un lado tenemos una pacífica visión de la historia como una continuación de algo que es muy viejo, o sea la propiedad privada, como la clave de la organización social, y en el otro lado, algo nuevo, algo que probablemente comienza con la Revolución Francesa, que es la propuesta de otro camino, como continuidad de la existencia histórica del ser humano que debe aceptar una ruptura entre una muy larga secuencia donde las desigualdades, la propiedad privada, etcétera, son las leyes de la existencia colectiva, y otra visión que es esta suerte de destino, donde lo más importante -siendo de hecho una cuestión de igualdad o desigualdad y este conflicto entre liberalismo en su clásico sentido y la nueva idea bajo diferentes denominaciones: anarquismo, comunismo, socialismo, etcétera- es probablemente el gran significado del siglo XIX y también de una gran parte del siglo siguiente.  
Durante aproximadamente dos siglos tenemos entonces algo así como una elección estratégica que concierne no solo a los acontecimientos políticos locales, las obligaciones nacionales, las guerras, y todo eso, sino que comprende también cual es realmente el destino histórico de los seres humanos de ese modo, el destino histórico de la construcción de la humanidad de ese modo. En algún sentido, nuestro tiempo, desde los 80 hasta hoy, es el tiempo del aparente final de este camino. La progresiva desaparición de esta clase de opción. Hoy tenemos de hecho la idea dominante de que no existe una idea global, de que no hay otra solución. Ese fue el mundo de Thatcher: no hay otra solución. No hay otra solución exceptuando, naturalmente, el liberalismo o lo que generalmente hoy llamamos el neoliberalismo. No hay otra solución. Y este punto es muy importante porque la misma Thatcher no dijo que esta solución era una solución muy buena. Ese no era el problema para ella. El problema es que es la única solución. Ustedes lo ven en la propaganda contemporánea: la cuestión no es decir que el capitalismo globalizado es excelente, porque está claro que no lo es. Todos saben esto. Todos saben que las monstruosas desigualdades no pueden ser una solución para el destino histórico de la humanidad, todos saben esto. Pero el argumento es: “Muy bien, esto no es muy bueno, pero es la única posibilidad real”. Y entonces, según mi opinión, la definición de nuestro tiempo es imponer a la humanidad a escala mundial, la convicción de que hay solo un camino para la historia de los seres humanos. Y sin decir que este camino es excelente, que este camino es un camino muy bueno, sino diciendo que no hay otra solución, no hay otro camino.
Podemos definir así nuestro momento como el momento de la convicción  primitiva del liberalismo, el dominio bajo la forma que componen la propiedad privada y el libre mercado como único destino posible de los seres humanos. Y esto es también una definición de un sujeto humano. ¿Qué es, en esta visión, un sujeto humano? Un sujeto humano es un mendigo, un consumidor, un ganador, o nada de nada. Esta es la estricta definición de qué es hoy un ser humano. Esta es la visión general, el problema general, y la ley general del mundo contemporáneo.
Ahora, ¿cuáles son los efectos políticos de todo esto, en el nivel de la vida política? ¿Cuáles son las consecuencias de esta visión dominante del mundo en la cual podemos encontrar un solo camino? Todos los gobiernos deben aceptar que este es el caso; en el mundo de hoy no podemos estar en la dirección del Estado sin la aceptación de la visión de la unicidad del camino. No tenemos un gobierno en el mundo que esté diciendo otra cosa. ¿Y por qué? Porque, finalmente, si examinamos la posición del gobierno “socialista” francés, de la “dictadura” del Partido Comunista Chino, del gobierno de los Estados Unidos, del gobierno de Japón, de la India, todos dicen la misma cosa, que el capitalismo globalizado es el único camino para la existencia de los seres humanos. Pienso que toda decisión política, en el nivel de los Estados, hoy, es en estricta dependencia de lo que yo llamo un “monstruo”: capitalismo globalizado y sus desigualdades.  En un sentido, no es cierto que un gobierno hoy sea algo libre. No es libre para nada. Está dentro de la decisión global, y debe afirmar que lo que está haciendo es en dependencia de esta interioridad de la decisión global. Y el monstruo es más y más monstruo. Nosotros debemos conocer la situación real con respecto a las desigualdades. Tenemos el fenómeno fundamental de la concentración del capital; la concentración del capital de nuestros días es algo extraordinario. Debemos saber que en la actualidad 264 personas son propietarios del equivalente de 3 billones de personas. Es mucho más que en la época primitiva de las monarquías. Hoy la desigualdad es mucho más importante que en ninguna otra etapa de la historia de los seres humanos. Y entonces, esta clase de monstruo histórico, que también se presenta como el único camino para la existencia de la humanidad, se da realmente en la dinámica de cada vez más y más desigualdades, y no finalmente de más y más libertad.
Y la posición actual del Estado es la misma en todos lados. Está aceptada por el gobierno francés, por el Partido Comunista Chino, por el poder de Putin en Rusia, por el Estado Islámico de Siria, y naturalmente es también la regla para el presidente de los Estados Unidos. Entonces, progresivamente y esta es la consecuencia más importante sobre la elección de Trump-, todas las políticas oligárquicas, todas las políticas de clase, vienen del mismo grupo, en el nivel de su mismo mundo. Un grupo de gente que está dividido solamente en la abstracción: republicanos y demócratas, socialistas y liberales, izquierda y derecha, etcétera. Todas estas clases de divisiones hoy son pura abstracción y no es real, porque todo esto yace en el mismo trasfondo político y económico. Hoy, esta política oligárquica del mundo occidental está perdiendo progresivamente el control de la maquinaria capitalista, esta es la realidad. A través de crisis, falsas soluciones, todas las políticas clásicas creadas por los gobiernos, y revuelta oscura. Todo esto como que es el único camino propuesto hoy por todos los miembros de las políticas de clase, con algunas diferencias, pero algunas pequeñas diferencias. Hoy, el ejercicio de las políticas es el ejercicio de muy pequeñas diferencias dentro del mismo camino global. Pero todo esto tiene muchos efectos en la gente en general: efectos de desorientación, total ausencia de orientación o dirección para la vida, ausencia de visión estratégica del futuro de la humanidad, y en esta situación una gran parte de la gente busca en la oscuridad, en el costado de las falsas novedades, visiones irracionales, y el retorno a las tradiciones muertas, etcétera. O sea que, frente a las políticas oligárquicas, tenemos la aparición de una nueva clase de activistas, de nuevos sostenedores de la demagogia violenta y vulgar, y estos muchachos están mucho más del lado de los gangsters y de la mafia que del lado de los políticos educados. Entonces la elección aquí no ha sido la elección entre esta clase de muchachos y el resto de los políticos educados, y el resultado fue la elección legal de una nueva forma de vulgaridad política y de algo subjetivamente violento en las propuestas políticas.
En algún sentido, esta nueva figura política –Trump pero también hoy en día muchos otros- están cerca del fascismo de los años 30. Hay algo similar. Pero es el primero sin sus fuertes enemigos de los 30, donde estaban los partidos comunistas. Es una especie de fascismo democrático –una decisión paradójica- una especie de fascismo democrático, o sea algo que está dentro del plano democrático, dentro del aparato democrático, pero que interpretan algo diferente, otra música, en esta especie de contexto. Y creo que no es solo el caso de aquí con Donald Trump –racista, machista, violento y también, lo cual es una característica fascista, sin ninguna consideración por la lógica y la racionalidad-, porque el discurso, el modo de hablar de este tipo de fascismo democrático es precisamente una suerte de dislocamiento del lenguaje, una suerte de posibilidad de no decir nada, y lo contrario de nada; no hay problemas, el lenguaje no es el lenguaje de la explicación sino el lenguaje de creación de algunos afectos; es un lenguaje afectivo que crea una falsa unidad pero que es una unidad práctica. Y entonces tenemos esto con Donald Trump, pero hubo un caso anterior en Italia con Berlusconi. Berlusconi puede ser, pienso, la primera figura de esta clase de nuevo fascismo democrático, con exactamente las mismas características: vulgaridad, una especie de relación patológica con las mujeres, y la posibilidad de decir y hacer públicamente algunas cosas que hoy son inaceptables para la mayoría de los seres humanos. Este también fue el caso con Orbán en la Hungría y, a mi entender, fue el caso con Sarkozy en Francia. Progresivamente, es también el caso en la India o en las Filipinas, e incluso en Polonia o en Turquía. En consecuencia, es realmente, en escala mundial, la aparición de una nueva figura de decisión política que es una figura que está muy frecuentemente dentro de la constitución democrática pero que de algún modo está también afuera. Y pienso que podemos nombrarlos fascistas porque fue el caso en los años 30, porque después de todo, Hitler también salió victorioso por las elecciones. Denomino fascistas a esta clase de tipos que están dentro del juego democrático, pero también en algún sentido afuera: adentro y afuera. Y adentro para finalmente estar afuera. Esto es realmente una novedad, pero una novedad que se inscribe dentro de la figura general del mundo de hoy, porque esto también representa algo para mucha gente, no como una solución pero sí como una manera de ser en el juego democrático, donde desde el lado de la oligarquía clásica, finalmente no hay diferencia. En algún sentido, el efecto principal de Trump es un efecto de algo nuevo. De hecho, en los detalles, no hay nada nuevo, porque es imposible pensar que hay algo nuevo en ser racista, machista, etcétera, son cosas muy viejas, muy viejas. Pero en el contexto de la oligarquía clásica de nuestros días, estas cosas viejas parecen ser algo nuevo. Y en consecuencia, Trump está en posición de decir que la novedad es “Trump”, en el momento que está diciendo cosas que son absolutamente primitivas y absolutamente viejas, pasadas de moda. Y en consecuencia, nosotros también estamos en un tiempo donde algo como un retorno a la vieja existencia puede aparecer como algo nuevo. Y esta conversión de lo nuevo a lo viejo es también una característica de esta clase de nuevo fascismo.
Todo esto describe, pienso, nuestra situación presente a nivel político. Debemos considerar que estamos en una dialéctica fatal entre cuatro términos.
Primero, la completa brutalidad y violencia ciega del capitalismo actual. Muy bien, en el mundo occidental no vemos completamente esta brutalidad o violencia, pero si ustedes están en África, ven esto, realmente, y si ustedes están en Medio Oriente también, y finalmente si ustedes están en Asia también. Esto es un término, un término fundamental de nuestro mundo de hoy. Este es el retorno al capitalismo, lo que de hecho tiene mucho sentido,  es la conquista salvaje, lucha salvaje de todos contra todos por la dominación. En consecuencia, brutalidad completa del capitalismo salvaje de la actualidad: el primer término.
Segundo término: la descomposición de la clásica oligarquía política. Las partes clásicas -demócrata, republicano, socialista, etcétera-, finalmente en descomposición frente a la aparición de esta suerte de nuevo fascismo. No conocemos el futuro de esta clase de aparición: ¿cuál es el futuro de Trump? En cierto modo, no lo sabemos, realmente, y es posible que Trump tampoco sepa su propio destino. Esto fue visible en la noche. Ustedes tienen al Trump antes del poder y al Trump en el poder, quien está en algún sentido asustado, no completamente satisfecho, porque sabe que no puede seguir hablando tan libremente como antes. Y hablar sin reservas fue exactamente la potencia de Trump, pero no con el gobierno, la administración, el ejército, los economistas, los banqueros, etcétera, es otra historia. Entonces, hemos visto en la noche a Trump pasando de un juego a otro juego, de un teatro a otro teatro; y el segundo teatro no era tan bueno, no tan bueno como antes. Pero nosotros no sabemos, realmente, no sabemos cuál es la real posibilidad para este tipo de hombre cuando llegue a presidente de los Estados Unidos. En cualquier caso, tenemos realmente el símbolo de la descomposición de la clásica oligarquía política, y el nacimiento de una nueva figura de un nuevo fascismo, con un futuro que no conocemos, pero que pienso que ciertamente no es un futuro interesante para la gente en general.
Tercero, tenemos la frustración popular, el sentimiento de un oscuro desorden, en la opinión pública de mucha gente, y principalmente la gente pobre, la gente de los estados provinciales, los campesinos de muchos pueblos, y también los obreros sin trabajo, etcétera, toda esta población, que progresivamente es reducida a la nada por la brutalidad del capitalismo contemporáneo, que no tiene existencia posible, y que permanecen en algunos lugares sin trabajo, sin dinero, sin orientación, sin orientación existencial. Y este punto es el tercer término importante de la actual situación global. La falta de orientación, de estabilidad, el sentimiento de destrucción de su mundo, sin la construcción de otro mundo; o sea una especie de destrucción vacía de sentido.
En último lugar, el cuarto término es la falta, la completa falta de otro camino estratégico; la ausencia, hoy, de otro camino estratégico. Hay muchas experiencias políticas, no digo que no hay nada de este lado. Sabemos que hay nuevos disturbios, nuevas ocupaciones de lugares, nuevas movilizaciones, nuevas resoluciones ecologistas, etcétera. Entonces, no se trata de ausencia de toda forma de resistencia, de protesta, no, no digo eso. Pero la ausencia de otro camino estratégico es algo que está en el mismo nivel que la convicción contemporánea de que el capitalismo es el único camino posible. La ausencia de la fortaleza de la afirmación de otro camino. Y el vacío de lo que yo llamo una Idea, una gran Idea. Una gran Idea donde esté la posibilidad de unificación, de unificación global, unificación estratégica de todas las formas de resistencia e invención. Una Idea es una especie de mediación entre el sujeto individual y la tarea colectiva histórica y política, y es la posibilidad de acción a través de y con subjetividades muy diferentes, pero sobre la misma idea en el mismo sentido.
Estos cuatro puntos –la dominación general y estratégica del capitalismo globalizado, la descomposición de la clásica oligarquía política, la desorientación y frustración popular y la ausencia de otro camino estratégico- componen en mi opinión la crisis actual. Podemos definir el mundo contemporáneo en los términos de una crisis global que no es reducible a la crisis económica de los últimos años, sino que me parece que es mucho más una crisis subjetiva porque el destino de los seres humanos es cada vez más y más oscuro para ellos mismos.
Después de esto, ¿qué hacer? La pregunta de Lenin. Pienso en lo concerniente a la elección presidencial, la elección de Trump, que debemos afirmar que una razón para el éxito de Trump es que la verdadera contradicción de hoy, la real contradicción de hoy, la más importante contradicción, no puede ser entre dos formas del mismo mundo. El mundo del capitalismo globalizado, de las guerras imperialistas, y la falta de alguna idea que comprometa el destino de los seres humanos. Sé que Hillary Clinton y Donald Trump son muy diferentes –no estoy diciendo que podríamos identificar a Trump con Hillary Clinton-, pero esta diferencia, que es importante, existe en un nivel donde esta diferencia, es la diferencia entre el nuevo fascismo y la vieja oligarquía política –y toda la oligarquía política es menos horrible que el nuevo fascismo, así que entiendo perfectamente que al final preferimos a Hillary Clinton-. Pero no podemos olvidar que en algún sentido esta diferencia está adentro del mismo mundo. No es la expresión de dos visiones estratégicas del mundo diferentes. Y pienso que el éxito de Trump es posible solamente porque la verdadera contradicción del mundo no pudo ser expresada, no pudo ser simbolizada por la oposición entre Hillary Clinton y Trump, porque Hillary Clinton y Trump están en el mismo mundo, muy diferente, pero muy diferente en el mismo mundo. Y en consecuencia, de hecho, durante toda la preparación de las elecciones, durante las primarias, la verdadera contradicción, en mi opinión, ha sido entre Trump y Bernie Sanders. Esta fue la verdadera contradicción. Podemos decir que Trump es probablemente algo excesivo desde el lado del nuevo fascismo, etcétera, y podemos decir que Bernie Sanders es algo que pertenece de algún modo a la naturaleza socialista -finalmente, Bernie Sanders está en la necesidad de ir hacia el lado de Clinton una y otra vez-, pero pienso que en el nivel de simbolización, que es tan importante, la verdadera contradicción de nuestro mundo estaba simbolizada por la oposición de Trump y Bernie Sanders, y no por la oposición de Trump y Hillary Clinton, porque tenemos en Bernie Sanders, en la propuesta de Bernie Sanders, algo, algunos puntos que están más allá del mundo tal como es. Y no tenemos algo como esto en las propuestas de Hillary Clinton. Y entonces, tenemos una lección de dialéctica, es decir, la teoría de las contradicciones. De algún modo, la contradicción entre Hillary Clinton y Trump fue una contradicción relativa y no absoluta, es decir, una contradicción en los mismos parámetros, en la misma construcción del mundo. Pero la contradicción entre Bernie Sanders y Trump fue de hecho el comienzo de la posibilidad de una verdadera contradicción; esto es la contradicción con un mundo y algo que está más allá de este mundo. En el mismo sentido, Trump estuvo realmente del lado reaccionario y oscuro de la subjetividad popular, dentro de este mundo tal cual es, pero Bernie Sanders estaba en el lado de la racionalidad, de la subjetividad popular activa y clara, orientada más allá del mundo tal cual es, incluso en cosas que son oscuras, oscuras pero más allá del mundo tal cual es.
El resultado de las elecciones es de naturaleza conservadora, es puramente conservadora, porque es el resultado de una contradicción falsa, en algún sentido, una contradicción que no es una verdadera contradicción, y que es también, a través de estas elecciones, la continuación de la crisis de nuestros días, la crisis de cuatro términos como lo expliqué antes. Hoy, en contra de Trump, no podemos desear a Clinton o a alguien de la misma figura. Debemos crear un retorno, si esto es posible, a la verdadera contradicción; esta es la lección que deja este acontecimiento tan terrible. Debemos proponer una orientación política que vaya más allá de cómo se presenta hoy el mundo, aun cuando es así, que vaya al comienzo, aunque no sea de una manera no del todo clara. Cuando comenzamos algo, no tenemos la comprensión completa de la cosa. Pero debemos comenzar. Nosotros debemos comenzar, ese es el punto. Después de Trump, debemos comenzar. No es solamente resistir, negarse, etcétera. Debemos comenzar algo, realmente, y esta interrogación sobre el comienzo es el comienzo del retorno a la verdadera contradicción, a la opción real, a la real opción estratégica que comprometa la orientación de los seres humanos. Debemos reconstruir la idea que en contra de las monstruosas desigualdades del capitalismo actual, en contra de los nuevos gangsters de las políticas clásicas como Trump, es posible crear, una vez más, un campo político con dos orientaciones estratégicas, y no solo una. El retorno a algo que ha sido la ocasión del gran movimiento político del siglo XIX y en los comienzos del siglo anterior. Debemos, si puedo decir algo de modo filosófico, debemos ir más allá del Uno en la dirección del Dos. No una orientación sino dos. La creación de un nuevo retorno a una nueva opción fundamental, algo muy esencial de la política. De hecho, si hay un solo camino estratégico, progresivamente desaparecen las políticas, y de algún modo Trump es el símbolo de este tipo de desaparición, porque ¿cuál es la política de Trump? Nadie sabe. Es algo como una figura pero no como una política. Así que el retorno a la política es por la necesidad del retorno de la existencia de una opción real. Finalmente, en el nivel de las generalidades filosóficas, es el retorno dialéctico a lo real. Dos más allá de Uno, y podemos proponer algunos nombres para esta especie de retorno.
Como ustedes saben, mi visión es proponer la palabra corrupta de “Comunismo”, corrupta por las experiencias sangrientas y todo lo que sigue. El nombre es solo el nombre, así que somos libres de proponer otros nombres, no hay inconvenientes. Pero tenemos algo que es interesante en el significado original de esta vieja y corrupta palabra. Y este significado es de hecho compuesto por cuatro puntos, cuatro principios, y esta clase de principios pueden ser el sostén para la creación de un campo político nuevo con dos orientaciones estratégicas. 
El primer punto es que no es una necesidad que la clave de la organización social se establezca en la propiedad privada y en las monstruosas desigualdades. No es una necesidad. Debemos afirmar que no es una necesidad. Y podemos organizar experiencias límite que demuestran que no es una necesidad, que no es cierto que desde siempre la propiedad privada y las monstruosas desigualdades deben ser la ley del comienzo de la humanidad. Este es el primer punto.
El segundo punto es que no es una necesidad que los trabajadores sean separados entre trabajo noble, como la creación intelectual, o la dirección, o gobernar, y, del otro lado, el trabajo manual y la común existencia material. En consecuencia, la etiqueta de la especialización no es una ley eterna, y especialmente la oposición entre trabajo intelectual y manual debe ser suprimido en el largo plazo. Este es el segundo principio.
El tercero es que no es una necesidad para el ser humano ser separado por fronteras nacionales, raciales, religiosas o sexuales. La igualdad debe existir por sobre las diferencias, y en consecuencia la diferencia es un obstáculo para la igualdad. La igualdad debe ser una dialéctica de la diferencia en sí misma, y debemos rechazar que en nombre de las diferencias la igualdad es imposible. En consecuencia, fronteras, rechazo al Otro, en cualquier forma, todo esto debe desaparecer. No es una ley natural.
Y el último principio es que no es una necesidad que exista un Estado, en la forma de un poder separado y blindado.
Estos cuatro principios pueden ser resumidos: colectivismo en oposición a la propiedad privada, trabajador polimorfo en oposición a la especialización, universalismo concreto en oposición a las identidades cerradas, y libre asociación en oposición al Estado. Son solo principios, no un programa. Pero con estos principios podemos juzgar todos los programas políticos, decisiones, ideas, desde el punto de vista de estos cuatro principios. Tomar una decisión: esta decisión está en la dirección de los cuatro principios o no. Los principios son el protocolo del juicio sobre todas las decisiones, ideas, propuestas. Si una decisión, una proposición, está en la dirección de los cuatro principios, podemos decir que está bien, podemos examinar si esto es posible, etcétera. Si claramente está fuera de los principios, es una mala decisión, mala idea, mal programa. Entonces tenemos un principio de juicio en el campo político y en la construcción de un proyecto estratégico nuevo. Este es de algún modo la posibilidad de tener una visión verdadera de lo que está realmente en la nueva dirección, la nueva dirección estratégica de la humanidad.
Bernie Sanders propone construir un nuevo grupo político bajo el título “Nuestra revolución”. El éxito de Trump puede abrir una nueva oportunidad para esta clase de ideas. Podemos creer en él por el momento, podemos juzgar si esta es realmente una propuesta que va más allá del presente, podemos juzgar si algo es propuesto en conformidad con los cuatro principios. Podemos hacer algo. Y debemos hacer, porque si no hacemos nada, estamos solo en la fascinación, la estupidez de la fascinación, por el deprimente éxito de Trump. Nuestra revolución, por qué no, en contra de la reacción, nuestra revolución, es una buena idea. En todo caso, yo estoy de ese lado.
9 de noviembre de 2016 
Universidad de California, Los Ángeles

Fuente: Lobo Suelto

martes, 29 de abril de 2014

¿El fin del sueño americano?

“Estados Unidos es donde las grandes cosas son posibles”. Estas son palabras de Elon Musk, cuya asombrosa carrera ilustra que el sueño americano todavía puede hacerse realidad.
 
Musk nació en Sudáfrica, pero emigró a Estados Unidos, a través de Canadá, en la década de 1990. Después de completar sus estudios en economía y física en la Universidad de Pensilvania, se mudó a Silicon Valley con la intención de enfrentar tres de los más “importantes problemas que afectarían más el futuro de la humanidad”: internet, la energía limpia y el espacio. Tras fundar PayPal, Tesla Motors y SpaceX, ha conseguido una tríada asombrosa. A sus 42 años de edad, su riqueza se calcula en US$2400 millones. ¡Así se hace!
 
 
Pero por cada Musk, ¿cuántos jóvenes talentosos están allí afuera y nunca tienen uno de estos golpes de suerte cruciales? Todos saben que Estados Unidos ha cobrado una mayor desigualdad social en décadas recientes. De hecho, la última campaña presidencial fue dominada por lo que resultó ser una competencia desigual entre “el 1 por ciento” y “el 47 por ciento”, cuyos votos Mitt Romney descartó.
 
Pero el verdadero problema tal vez sea más insidioso de lo que insinúan las cifras sobre los ingresos y la distribución de la riqueza. Aún más perturbadora, es la creciente evidencia de que la movilidad social en Estados Unidos ahora ofrece lo peor de ambos mundos: ¿alta desigualdad con baja movilidad social? ¿Y qué tal si esto es uno de los obstáculos estructurales ocultos para la recuperación económica? En verdad, ¿qué tal si la política monetaria actual está empeorando el problema de la movilidad social?
 
Esto debería ser agua para el molino de los conservadores estadounidenses. Pero los republicanos han reprobado en este reto. Al no poder distinguir entre desigualdad y movilidad, han permitido que los demócratas, de hecho, hagan equiparables las dos, dejando a los republicanos como el partido del 1 por ciento, difícilmente una estrategia para ganar elecciones.
 
A costas suyas, los conservadores estadounidenses han olvidado la famosa distinción de Winston Churchill entre izquierda y derecha: que la izquierda favorece la línea; la derecha, la escalera. Los demócratas de hecho apoyan políticas que motivan a los votantes a hacer fila por subsidios, políticas que a menudo tienen la consecuencia accidental de atrapar a los destinatarios en una dependencia del Estado. Los republicanos necesitan comenzar a recordarle a la gente que el conservadurismo se trata de algo más que solo recortar beneficios. Se supone que trata de hacer que la gente suba en la escalera de la oportunidad.
 
La desigualdad y la movilidad social están, por supuesto, relacionadas. Pero no son la misma cosa, como afirman los liberales.
 
Empecemos por la desigualdad. Ahora es bien sabido que a mediados de la década de 2000, la proporción de ingreso que iba al 1 por ciento de la población en la cima regresó a como era en la época del Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald. El ingreso promedio del 1 por ciento fue aproximadamente 30 veces más alto que el ingreso promedio de todos los demás. La crisis financiera disminuyó la brecha, pero solo un poco, y brevemente. Ello se debe a que el objetivo primario (y declarado) de la política monetaria de la Reserva Federal desde 2008 ha sido subir el precio de los activos. ¿Adivine qué? Los ricos poseen la mayoría de estos. Para ser precisos, el 1 por ciento en la cima posee alrededor de 35 por ciento del valor total neto de Estados Unidos, y 42 por ciento de la riqueza financiera (nótese que solo en otra economía desarrollada el 1 por ciento posee una proporción tan grande de la riqueza: Suiza).
 
Al restaurar el mercado bursátil a como estaba antes de la crisis, la Reserva Federal no ha logrado mucho en cuanto a una recuperación económica. Pero ha tenido un éxito brillante en hacer más ricos a los ricos. Y a sus hijos.
 
Según Credit Suisse, aproximadamente un tercio de los más o menos 1000 multimillonarios del mundo en 2012 eran estadounidenses. Pero de estos, poco menos del 30 por ciento no lo eran por su propio esfuerzo, una proporción significativamente mayor que la de Australia y el Reino Unido. En otras palabras, hoy un multimillonario estadounidense tiene más probabilidades de que haya heredado su riqueza que uno británico.
 
Este es solo uno de muchos indicadores de una menor movilidad social en EE UU. Según una investigación publicada por el alemán Instituto para el Estudio del Trabajo, 42 por ciento de los hombres estadounidenses que nacen y crecen en el quinto más bajo de la distribución del ingreso terminan por quedarse allí de adultos, en comparación con solo 30 por ciento en Gran Bretaña y 28 por ciento en Finlandia. Las posibilidades de un estadounidense de subir del quinto más bajo al quinto más alto son de 1 en 13. Para un muchacho británico o finés, las posibilidades son mejores: más cercanas a 1 en 8.
 
Cierto, la distribución relativamente plana del ingreso en los países escandinavos facilita el pasar del fondo a la cima; hay menos distancia financiera que cubrir. Pero no se puede decir lo mismo de Gran Bretaña. De hecho, lo sorprendente de la investigación más reciente sobre la movilidad social es que el Reino Unido —que solía tener la estructura de clases más rígida en el mundo desarrollado— ahora se arriesga a perder ese título ante Estados Unidos. Con razón la serie televisiva Downton Abbey es tan popular aquí.
 
El sueño americano se ha convertido en una pesadilla de inmovilidad social. Según una investigación de Pew, poco menos del 60 por ciento de los estadounidenses que creció en el quinto más alto de los ingresos terminó quedándose en los dos quintos más altos; una proporción fraccionalmente mayor de quienes nacieron en el quinto más bajo —60.4 por ciento— terminó quedándose en los dos quintos más bajos.
 
Este es el EE UU tan vívidamente descrito por Charles Murray en su libro de grandes ventas Coming Apart. En un extremo de la escala social, viviendo en lugares con nombres como “Belmont”, está la “élite cognitiva” de aproximadamente 1.5 millones de personas de que habla Murray. Ellos y sus hijos dominan las admisiones de las principales universidades del país. Se casan entre sí y se apiñan en menos de 1000 vecindarios exclusivos, los enclaves de la riqueza que Murray llama las SuperZonasPostales.
 
En el otro extremo, hay lugares como “Fishtown”, donde nadie tiene más que un diploma de preparatoria; una proporción creciente de niños vive con un solo padre, a menudo una joven y poco educada “madre nunca casada”. No solo los hijos ilegítimos han aumentado en tales lugares, también lo ha hecho la proporción de hombres que se dicen incapacitados para trabajar a causa de una enfermedad o discapacidad o que están desempleados o que trabajan menos de 40 horas a la semana. El crimen prolifera, al igual que la tasa de encarcelamientos. En otras palabras, problemas que solían estar desproporcionadamente asociados con las comunidades afroestadounidenses ahora son endémicos en los campamentos de casas rodantes y las barriadas de alto riesgo habitadas por blancos pobres. Naces allí, te quedas allí, a menos de que te metan a la cárcel.
 
¿Qué salió mal? Los liberales estadounidenses argumentan que el aumento en la desigualdad inevitablemente provoca una disminución en la movilidad social. Esto fue lo que Alan Krueger, presidente del Consejo de Asesores Económicos, tenía en mente por allá de enero, cuando elaboró la “Curva del Gran Gatsby”, mostrando que los países más desiguales tienen menos movilidad social. (Esperen, ¿no era Gatsby un contrabandista por su propio esfuerzo?) Pero para los ojos europeos, esta también es una historia familiar de trampas de pobreza creadas por bienintencionados programas de bienestar social. Considere el caso resaltado por Gary Alexander, el exsecretario de bienestar público de Pensilvania. A una madre soltera con dos hijos pequeños le va mejor con un empleo de medio tiempo por solo
US$29 000 anualmente —además de los cuales recibe US$28 327 en varios beneficios— que si aceptase un empleo que pagase US$69 000, de los cuales pagaría US$11 955 de impuestos.
 
Otro buen ejemplo es el crecimiento en la cantidad de estadounidenses que reclaman beneficios por incapacidad a la Seguridad Social. A mediados de la década de 1980, poco más del 1.5 por ciento de la población recibía tales beneficios; hoy es cercano al 3.5 por ciento. Tampoco (como solía ser el caso) los destinatarios son principalmente viejos. Aproximadamente 6 por ciento de la población con edades entre 45 y 54 años —mi grupo de edad— es beneficiario del seguro de incapacidad de la Seguridad Social. Los pagos para trabajadores incapacitados promedian US$1130 al mes, lo cual resulta en US$13 560 al año, solo US$2000 menos que un salario de tiempo completo en el mínimo federal de US$7.25 la hora.
 
Tal vez en verdad somos menos sanos de lo que éramos hace 30 años, aun cuando los datos sobre la expectativa de vida dicen una historia diferente. Tal vez el trabajo en verdad se ha vuelto más demandante físicamente hablando, aun cuando el cambio de la manufactura a los servicios también sugiere lo contrario. La posibilidad más creíble es que se ha vuelto más fácil para el ligeramente enfermo o poco apto que se le clasifique como discapacitado y que opte por una pobreza ociosa en vez de una pobreza laborando, la cual solo paga un poco mejor y significa trabajar con ese exasperante dolor de espalda o esa depresión moderada.
 
De manera significativa, después de dos años de recibir beneficios por discapacidad, se califica para Medicare, inflando la cantidad siempre creciente de beneficiarios del programa de bienestar más oneroso del gobierno federal. Justo ahora, el gasto federal en el cuidado a la salud, según la Oficina de Presupuestos del Congreso, está cercano al 5 por ciento del PIB, pero se predice que se duplicará para la década de 2040. Huelga decirlo, esto refleja el gran cambio demográfico que inexorablemente está aumentando la proporción de adultos mayores en la población. Pero considere cómo la combinación de una población envejecida y los programas de bienestar social están trabajando para reducir los recursos disponibles para los jóvenes.
 
Según el Instituto Urbano, la proporción actual de gasto federal en los jóvenes es cercana al 10 por ciento, en comparación con el 41 por ciento que va a las porciones no infantiles de la Seguridad Social, Medicare y Medicaid. El gasto gubernamental per cápita —incluidos los presupuestos estatales y locales— es aproximadamente el doble para los viejos que para los niños. Tal vez no sorprenda que la tasa de pobreza infantil sea más del doble que la tasa de pobreza en adultos mayores. Pregúntese usted mismo: ¿qué posibilidad tiene la movilidad social de aumentar en una sociedad que se preocupa dos veces más por la abuela que por el nieto?
 
El único misterio que queda es por qué este conflicto generacional todavía no se ha vuelto un problema serio en la política estadounidense. Incomprensiblemente, los jóvenes votantes todavía tienden a alinearse con las mismísimas organizaciones que parecen más dispuestas a incrementar las cargas futuras del gobierno (sin mencionar el índice de desempleo juvenil), especialmente los sindicatos del sector público.
 
Al escribir en 1960, el economista Friedrich Hayek hizo una predicción notable sobre las consecuencias finales del estado de bienestar social. “La mayoría de quienes se jubilarán hacia el final del siglo”, escribió él, “dependerán de la caridad de la generación más joven. Y finalmente no será la moral sino el hecho de que los jóvenes abastecen a la Policía y el Ejército lo que decidirá el problema: campos de concentración para los viejos incapaces de mantenerse por sí mismos posiblemente sea el destino de una generación envejecida cuyo ingreso depende por completo de forzar a los jóvenes”.
 
Hayek tuvo razón al decir que para 2000 la generación de la posguerra esperaría que los jóvenes cargasen con los costos crecientes de sus jubilaciones extensas y generosamente financiadas. Casi el único entre los economistas de la posguerra, él vio el conflicto generacional que suponía el estado de bienestar social. Pero se equivocó con respecto a cómo reaccionaría la generación más joven. Lejos de cercar a los viejos y ponerlos en campos, los jóvenes son las víctimas dóciles.
 
Una explicación posible de esta docilidad radica en la otra razón principal para la disminución en la movilidad social: el fracaso desastroso de las preparatorias estadounidenses en los lugares como el Fishtown imaginario de Murray.
 
A pesar de que se triplicó el gasto por pupilo en términos reales, la educación secundaria estadounidense está fracasando. Según el Consejo de Relaciones Exteriores, tres cuartos de los ciudadanos de EE UU entre los 17 y 24 años no están calificados para unirse al Ejército porque son físicamente inaptos, tienen antecedentes penales, o tienen niveles inadecuados de educación. Un tercio de los graduados de preparatoria reprueba la obligatoria Batería de Exámenes Vocacionales y de Aptitud  de los Servicios Armados. Dos quintos de los estudiantes en universidades cuatrienales necesitan tomar cursos de recuperación para reaprender lo que no pudieron dominar en la preparatoria.
 
En una comparación internacional, Estados Unidos ahora está en el medio de la clasificación de aptitud matemática en adolescentes de 15 años. El estudio más reciente del Programa Internacional para la Evaluación de Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico fue concluyente: en matemáticas, la brecha entre los adolescentes del distrito de Shanghái de China y los de Estados Unidos es tan grande como la brecha entre los adolescentes estadounidenses y los albaneses.
 
Pero la verdadera conmoción es la diferencia entre niños ricos y pobres. A los cuatro y cinco años de edad, los niños del quinto más pobre de hogares ya están 21.6 meses detrás de los niños de los hogares más ricos de EE UU, en comparación con 10.6 meses en Canadá. La proporción de los quinceañeros que son funcionalmente analfabetos (por debajo del nivel 2 en las pruebas PISA) es de 10.3 por ciento en
Canadá. En EE UU es de 17.6 por ciento. Y los estudiantes de los grupos de clases sociales más altas tienen dos veces más probabilidades de ir a la universidad que quienes están en las clases más bajas.
 
Mientras tanto, hay señales perturbadoras de que las instituciones educativas de élite en EE UU están regresando a su viejo papel de escuelas de etiqueta para los hijos de una élite hereditaria, el papel que tenían cuando F. Scott Fitzgerald se divertía en Princeton.
 
En una crítica perturbadora a las políticas de admisión en la Liga Ivy, el editor de American Conservative, Ron Unz, recientemente señaló cierta cantidad de anomalías desconcertantes. Por ejemplo, desde mediados de la década de 1990, los asiáticos constantemente han sumado aproximadamente 16 por ciento de la matrícula de Harvard. En Columbia, según Unz, la proporción de asiáticos en realidad ha disminuido de 23 por ciento en 1993 a menos de 16 por ciento en 2011. Aun así, según el censo de EE UU, la cantidad de asiáticos con edades entre 18 y 21 años se ha más que duplicado en ese período. Aún más, los asiáticos ahora suman 28 por ciento de los semifinalistas de las Becas Nacionales al Mérito y 39 por ciento de los estudiantes en el Instituto de Tecnología de California (CalTech), donde las admisiones se basan únicamente en el mérito académico.
 
Tal vez quienes están a cargo de las admisiones en la Liga Ivy tienen buenas razones para sus decisiones. Tal vez sea correcto que ellos deberían hacer más que simplemente elegir a los estudiantes más talentosos académicamente hablando y trabajadores que soliciten su ingreso. Pero no se puede rechazar, sin pensarlo dos veces, la posibilidad de que, sean cuales sean sus intenciones, el efecto neto de su búsqueda de “diversidad” es de hecho el de reducir todavía más la otrora única movilidad social de EE UU. Tampoco podemos descartar la hipótesis de que el sistema de “legado” quizá sea la clave aquí, conforme la élite cognitiva discretamente arregla el juego a favor de sus hijos con donaciones oportunas.
 
Como profesor de Harvard, me inquietan estos pensamientos. Al contrario de Elon Musk, yo no llegué a Estados Unidos con la intención de hacer fortuna. La riqueza no era mi sueño americano. Pero sí vine aquí porque creía en la meritocracia estadounidense, y estaba más que seguro de que le enseñaría a menos beneficiarios de privilegios heredados de los que había encontrado en Oxford.
 
Ahora no estoy tan seguro.
 
Autor: Niall Ferguson
Fuente: NewsWeek