viernes, 18 de abril de 2014

El amor que no se atreve a llamarse por su nombre(*)

Creo que fue en el año 1986 que Tito Flores Galindo nos propuso en una reunión en Sur que invitáramos a Oscar Ugarteche. Como la incorporación de nuevos miembros se hacía por acuerdo unánime teníamos por costumbre invitar a aquellos que nos interesaban a aportar con el colectivo con trabajo concreto por algún tiempo, para después, si todos estábamos de acuerdo, invitarlos formalmente a incorporarse como miembros plenos.
En ese momento, la propuesta de Tito era audaz. Oscar era un personaje destacado como fundador y dirigente del Movimiento Homosexual de Lima MHOL. En ese entonces eran muy pocos quienes se atrevían a dar la cara públicamente y Oscar era uno de los más destacados. La situación que vivían los homosexuales, cuando la epidemia del sida creaba un pánico universal, está muy bien explicada en la página web del MHOL: “En una sociedad tan reprimida e influenciada por el catolicismo y el machismo como lo es la sociedad peruana, el espacio para la lucha no eran las calles sino el espacio privado, la identidad, o en otras palabras, romper las puertas del clóset y ese fue el objetivo inicial del MHOL”. Nació así el colectivo gay más antiguo de América Latina.

En Sur la discusión fue breve, pues todos estábamos de acuerdo. Pretendíamos constituir un espacio de encuentro y debate en torno a la izquierda y el socialismo y considerábamos importante vincularnos con un sector de la sociedad peruana marginado y atropellado en sus derechos. Por otra parte, hasta el título de nuestra revista, “Márgenes”, era un manifiesto sobre el papel que pretendíamos jugar en el debate nacional.

Una mañana entré a Sur y ahí estaba Oscar, siempre afable, agudo y abierto al diálogo. Intercambiamos sonrisas, nos pusimos cómodos para conversar y sin más preámbulo lo sometí al que debe haber sido uno de los interrogatorios más despiadados que ha tenido que responder sobre su condición de homosexual. “El odio –le dije– viene del miedo y el miedo de la ignorancia. Cuando conozco algo dejo de temerlo, así que quiero que me expliques con detalle qué es ser un homosexual”.

Aparentemente le divirtió mucho mi presentación e iniciamos un largo diálogo que todavía continúa. Hablamos largamente de lo que son la vida cotidiana, los afectos, el deseo, la vida de pareja, ambos muy divertidos de encontrar cómo muchos de los problemas que afrontamos los heterosexuales en nuestras relaciones de pareja son también el pan de cada día en los conflictos que viven las parejas homosexuales. Fue conmovedor compartir su relato sobre cómo pasó de ser un varón heterosexual atractivo y exitoso a descubrir un vacío en su vida que no podía llenar con nuevas conquistas, hasta finalmente aceptar que el problema era de otra naturaleza: amaba a los hombres.

Para entonces yo ya había hecho algunas lecturas sobre la historia de la homosexualidad. Había leído asombrado las teorías que en la segunda mitad del siglo XIX tejían los médicos en torno a lo que consideraban una enfermedad a curar. Es sorprendente cómo muchas de las cosas que se sostenían entonces siguen siendo el sentido común de mucha gente 150 años después: que los homosexuales quieren ser del sexo opuesto, que se trata de una inversión sexual, que el heterosexual es el activo y el homosexual el pasivo (lamento aguarles la fiesta a muchos machotes: son tan homosexuales el primero como el segundo), etcétera. La cuestión es mucho más simple: un homosexual se siente atraído por personas de su mismo sexo y nada más.

Le dije a Oscar que la palabra “maricón” les creaba una mala imagen. “No, me dijo con flema, maricones somos nosotros, los otros son cobardes, y comprenderás que para dar la cara en estas circunstancias no se puede ser un cobarde”. Un amigo boliviano, Ricardo Calla, resumió bien lo que es nuestra opinión sobre Ugarteche: “Oscar es el maricón más macho que he conocido en mi vida”. A propósito, Oscar llegó a ser director de Sur.

Por eso estuve en la marcha por la igualdad el sábado pasado con mi lesión a la columna y todo. Porque la lucha sacrificada de muchos bravos anónimos para que se les reconozcan derechos a miles de peruanos maltratados, marginados, estigmatizados ha abierto finalmente brecha. Es hora de que el Estado asegure la protección de sus derechos como lo manda la Constitución y lo reclaman altos foros internacionales, la ONU incluida.
* La frase pertenece a Oscar Wilde, condenado a prisión
por homosexual.

Autor: Nelson Manrique
Fuente: La República

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