El hombre líquido
Doctor honoris causa por 15 universidades, sigue ejerciendo
de profesor (Universidad de Leeds), y se nota: es de esos entrevistados que,
con su pipa en ristre y amablemente, apenas te dejan meter baza en la
conversación. Su pensamiento y su obra han sido analizados en una docena de
libros. Hijo de una familia judía humilde, ex marxista polaco huido del
estalinismo, se refugió en la universidad británica y se convirtió en un
superventas filosófico. Tirando del hilo de su concepto de modernidad líquida,
que define los rasgos característicos de nuestra época, ha escrito sobre la
vida líquida, el amor líquido, los miedos líquidos. Participó en Converses a la Pedrera.
Cuál es su descubrimiento más
reciente?
Con un pie en la tumba intento hacer balance, y mi
constatación es que acabaré donde empecé.
¿Buscando una sociedad
perfecta?
Sí, hospitalaria para los seres humanos.
¿Qué ha aprendido en el
trayecto?
He vivido bajo diferentes regímenes, ideologías, modas...,
y lo que me resulta más sorprendente es que hay dos valores sin los cuales la
vida humana sería impensable: la seguridad y la libertad.
Reconciliarlos es imposible,
dice usted.
Cuanta más libertad tengamos menos seguridad, y cuanta
más seguridad menos libertad. En la sociedad, la conquista de libertades nos
lleva a una gran cantidad de riesgos e incertidumbres, y a desear la seguridad.
Y entonces nos sentimos
ahogados.
Sí, conseguimos que no nos atraquen por la calle, que
si caemos enfermos nos atiendan, pero nos volvemos dependientes, subordinados,
y eso nos hace sufrir. Así que volvemos a evolucionar a una mayor libertad.
¿En qué punto estamos hoy?
Estamos asustados por la fragilidad y la vacilación de
nuestra situación social, vivimos en la incertidumbre y en la desconfianza en
nuestros políticos e instituciones. Estudiar una carrera ya no se corresponde
con adquirir unas habilidades que serán apreciadas por la sociedad, no es un
esfuerzo que se traduzca en frutos. Toda esta precariedad se expresa en
problemas de identidad, como quién soy yo, qué pasará con mi futuro.
Y así llegamos a sus fluidos:
sociedad líquida, amor líquido, miedo líquido...
Sí, la modernidad líquida, en la que todo es
inestable: el trabajo, el amor, la política, la amistad; los vínculos humanos
provisionales, y el único largo plazo es uno mismo.
Todo lo demás es corto plazo.
No se da el tiempo para que ninguna idea o pacto solidifique.
Este enfoque ya forma parte de la filosofía de vida: hagamos lo que hagamos es
de momento, por ahora.
Nada dura para siempre, ni
siquiera el futuro.
Hoy nadie construye catedrales góticas, vivimos más
bien en tiendas y moteles.
¿Y por qué lo considera un
problema?
Objetos y personas son bienes de consumo, y como tales
pierden su utilidad una vez usados. La vida líquida conlleva una autocrítica y
autocensura constantes; se alimenta de la insatisfacción del yo consigo mismo.
Nos hemos quedado sin utopías.
La felicidad ha pasado de aspiración para todo el
genero humano a deseo individual. Se trata de una búsqueda impulsada por la
insatisfacción en la que el exceso de los bienes de consumo nunca será
suficiente.
Y llegamos al consumidor consumido.
Hemos trasplantado unos patrones de comportamiento
creados para servir a las relaciones entre cliente y producto, a otros órdenes
del mundo. Tratamos al mundo como si fuera un contenedor lleno de juguetes con
los que jugar a voluntad. Cuando nos aburrimos de ellos, los tiramos y
sustituimos por algo nuevo, y así ocurre con los juguetes inanimados y con los
animados.
Es decir, otros seres humanos.
Sí, hoy una pareja dura lo que dura la gratificación.
Es lo mismo que cuando uno se compra un teléfono móvil: no juras fidelidad a
ese producto, si llega una versión mejor al mercado, con más trastos, tiras lo
viejo y te compras lo nuevo.
¿Qué efectos tiene en el ser
humano?
Una actitud racional para con un objeto es una actitud
muy cruel para con otros seres humanos. El consumismo es una catástrofe que
afecta a la calidad de nuestras vidas y de nuestra convivencia. Creemos que
para todos los problemas siempre hay una solución esperando en la tienda, que
todos los problemas se pueden resolver comprando, y esto induce a error, nos
debilita.
¿Por qué nos debilita?
Porque nos priva de nuestras habilidades sociales, en
las que ya no creemos.
¿Cómo construirse a uno mismo,
hallar la felicidad en este mundo líquido?
Hay dos factores que cooperan para modelar el camino
de la vida humana, uno es el destino, algo que no podemos cambiar, pero el otro
elemento es el carácter.
Ese sí lo podemos moldear.
El destino dibuja el conjunto de opciones que tienes
disponible, siempre hay más de una opción. Luego el carácter es el que te hace
escoger entre esas opciones. Así que hay un elemento de determinación y otro de
libertad.
¿Hay que resistirse para ser
libre?
Viviendo en una sociedad de consumidores, resistirse a
ser un consumidor es una opción posible pero muy difícil. Por lo tanto, la
probabilidad de que la mayoría de las personas decida resistirse al consumismo
es una probabilidad muy lejana, aunque todas las mayorías empezaron siendo
minorías.
¿Alguna solución individual?
Uno no sólo puede, sino que debe vivir su propia vida
y el modelo de vida que le encaje, consciente de las consecuencias y costes que
acarrea. Y el problema de mejorar la sociedad, y esta es la respuesta a todas
las preguntas futuras que me pueda hacer usted.
¿...?
Se resume en hacer que la sociedad sea más
benevolente, menos hostil, más hospitalaria a las opciones más humanas. Una
buena sociedad sería la que hace que las decisiones correctas sean las más
fáciles de tomar.
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